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La deuda pública es un instrumento, no una enfermedad: las finanzas corporativas no son como la macroeconomía

Abro LinkedIn y el panorama es desolador: 60 infografías de la deuda mundial, rankings de los países más endeudados, comentarios incendiarios y una legión de macroeconomistas amateurs que creen que criticar la deuda pública convalida un doctorado. Lo peor es que entre ellos hay algunos compañeros CFOs que, a pesar de su contrastada preparación en finanzas corporativas, olvidan con frecuencia una regla básica: el presupuesto de un Estado no es el de una empresa, ni el de un hogar, ni siquiera el de un ayuntamiento.

Esos mismos profesionales, cuando se hipotecaron para comprar su vivienda, llegaron a deber con facilidad el 400% de sus ingresos anuales o más. ¿Y cuál era el problema real? Ninguno, siempre que tuvieran ingresos suficientes para pagar las cuotas. En macroeconomía pasa lo mismo. Hablar de deuda pública y cupones sin mirar simultáneamente los ingresos —el PIB— es, sencillamente, no entender nada. Esconden el denominador para asustar con el numerador.

Pero desgranemos los mitos de este mantra de la austeridad que, además de rancio, desafía a la matemática más elemental.

¿Cada vez pagamos más intereses?

Decir esto de forma aislada no significa absolutamente nada. El tamaño absoluto de los intereses importa menos que la capacidad del país para pagarlos. Lo que un analista serio debe mirar es el ratio de intereses/PIB, intereses/ingresos y el tipo de interés medio de la deuda.

De hecho, muchos países con más volumen de deuda pagan MENOS intereses en proporción a su riqueza. Japón, EE. UU., Francia o Bélgica tienen ratios de deuda sobre el PIB superiores al de España, pero a menudo pagan menos intereses relacionados con sus ingresos. ¿Por qué? Porque importan más el coste de financiación y la credibilidad del emisor que el volumen nominal. Cualquier persona con una hipoteca lo entiende: pagar 500 € al 1% siempre será mejor que pagar 300 € al 6%.

Los intereses no son «tirar el dinero»

Existe la falsa narrativa de que el pago de intereses es un agujero negro. Al contrario: es la inversión en estabilidad macrofinanciera. Los intereses son el coste de un instrumento que ha permitido financiar el Estado del bienestar, sostener la economía en las recesiones, evitar colapsos bancarios, mantener el empleo en plena crisis (como con los ERTE) y construir infraestructuras. Dejar caer la economía por no endeudarse habría sido infinitamente más caro que pagar los cupones actuales.

Además, se olvida un principio contable básico: la deuda pública es un activo privado. Cuando alguien grita «¡deuda mala!», olvida que los fondos de pensiones donde guardan su dinero tienen deuda pública, que los ahorradores conservadores invierten en ella y que los bancos la usan como colateral indispensable. Reducir la deuda a cero implicaría extirpar el activo más seguro del sector privado.

¿Estamos hipotecando a nuestros hijos?

El peso de la deuda depende exclusivamente del crecimiento. Si el PIB crece más rápido que la deuda, el peso relativo de esta baja. La posguerra europea y estadounidense se financiaron con niveles de deuda masivos y, sin embargo, las generaciones siguientes fueron las más ricas de la historia. Lo que verdaderamente empobrece a nuestros hijos no es la deuda heredada, sino heredar una economía estancada, sin infraestructuras, sin ciencia y sin educación.

La deuda es un instrumento, no una enfermedad; su utilidad depende estrictamente de qué compras con ella. Si se usa para digitalización, transición energética y mejorar la productividad futura, cada euro de deuda hoy genera los ingresos fiscales de mañana.

El verdadero peligro es la austeridad

Lo que destruye economías no es el déficit, sino la austeridad mal aplicada. Recortar gasto público para intentar «bajar la deuda» durante una recesión arrastra al desempleo, hunde la demanda y destruye el PIB.

España entre 2010 y 2014 es el ejemplo de manual: más austeridad se tradujo en menos PIB y, por consiguiente, en una ratio deuda/PIB más alta. Es lógica matemática: si el denominador se hunde, la fracción se hace más grande. En macroeconomía, el gasto de hoy es el ingreso de alguien. Una reducción masiva y obsesiva de la deuda deprime la inversión y el gasto social, contrayendo la economía y provocando el efecto contrario al deseado.

No es el gasto, es el ingreso

Que los intereses sean la segunda partida del presupuesto de un país no es un problema estructural… siempre que los ingresos sean estables. Hay potencias donde esto ocurre desde hace décadas y su estabilidad es total porque tienen sistemas fiscales eficaces y una alta productividad.

Los que alertan histéricamente sobre el «peligro» de los intereses siempre ocultan el verdadero elefante en la habitación: la suficiencia de ingresos. Sin ingresos sólidos, cualquier partida parece gigantesca; con una estructura fiscal fuerte, cualquier partida es manejable.

La deuda pública no es el problema. El problema es no contar con una economía que genere ingresos fiscales estables. Si lo que quieren es debatir sobre cómo gastar mejor, optimizando cada euro en favor de la productividad, me parece perfecto. De eso hay que hablar, y mucho. Pero de recortar por el simple dogma de recortar… mejor abstenerse, salvo que a uno le guste parecer estúpido en las redes profesionales.

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