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El verdadero choque: Deflación tecnológica vs Inflación por Demanda

Hay una narrativa muy tentadora en los mercados que nos dice que la inteligencia artificial y la automatización abaratarán la producción hasta el punto de arrastrarnos a una era de deflación salvaje. Sin embargo, este análisis comete el error de mirar la economía con un solo ojo. Para entender si el futuro será deflacionario o inflacionario hay que analizar la batalla entre las fuerzas de la oferta y la demanda, pero metiendo en la ecuación la demografía, los recursos físicos y el dinero fiduciario.

El lado de la oferta y la trampa de la demanda

Por el lado de la oferta, la tecnología es una fuerza deflacionaria imparable. Cuando una empresa optimiza procesos, sustituye horas de trabajo humano por software o automatiza cadenas de montaje, el coste unitario de producción se desploma. Más eficiencia genera mayor abundancia, y la competencia empuja los precios de los bienes replicables hacia abajo, tal como ha ocurrido históricamente con la electrónica de consumo. Si la historia terminase en la oferta, la deflación perpetua sería inevitable.

El problema es que el lado de la demanda opera bajo la paradoja de Jevons y la liberación de capital. Cuando el coste de un recurso o servicio cae, no gastamos menos, la demanda se dispara de forma exponencial porque el uso de ese recurso se democratiza. Además, el dinero ahorrado en bienes tecnológicos no se destruye, se redirige hacia sectores no automatizables. Esta demanda desplazada presiona al alza los precios de los bienes escasos como el suelo, la energía o las experiencias humanas.

Las tres fuerzas invisibles: demografía, recursos y salarios

A esta dinámica de oferta y demanda se le suman tres vectores críticos que suelen ignorarse. El primero es la demografía: el envejecimiento poblacional en Occidente y Asia es una fuerza deflacionaria silenciosa que destruye la demanda agregada, ya que los mayores consumen y se endeudan menos. El segundo son los límites físicos y geopolíticos: la inteligencia artificial no flota en el aire, requiere cantidades ingentes de energía, cobre y microchips en un mundo cada vez más desglobalizado, lo que genera cuellos de botella inflacionarios en la economía real. El tercero es la disrupción salarial; si la automatización destruye empleo más rápido de lo que crea nuevos sectores, la capacidad adquisitiva de la clase media se hunde, cortando el grifo del consumo.

El árbitro monetario y la brecha del futuro

El choque definitivo lo arbitran los gobiernos y los bancos centrales. En un sistema financiero global ahogado en deuda privada y pública, la deflación es un veneno mortal porque encarece el valor real de lo adeudado. Ante cualquier amenaza deflacionaria provocada por la tecnología, los Estados responden expandiendo la masa monetaria. Por el efecto Cantillon, este dinero recién creado no se reparte de forma uniforme en la cesta de la compra, sino que fluye directamente hacia los activos financieros y la vivienda, como ya hemos visto con los programas de QEs.

El futuro no será una deflación homogénea donde todo se vuelve regalado, sino una brecha estructural. Tendremos deflación tecnológica en todo lo digital, automatizable y reproducible en masa, conviviendo con una inflación feroz en los activos escasos, la energía y los bienes físicos. La tecnología baja los costes de producción, pero la escasez de recursos, la demanda desplazada (cuando el ahorro conseguido en un producto o servicio gracias a la tecnología o la eficiencia, se destina inmediatamente a consumir o comprar otra cosa) y la emisión de dinero fiduciario mantendrán el coste de la vida real por las nubes.

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