
Seguro que recuerdas las famosas «Tijeras de Marshall» de tus clases de economía o de la carrera. Esa bella imagen matemática según la cual el libre mercado, mediante el cruce perfecto entre la oferta y la demanda, ajusta los precios, vacía los inventarios y garantiza que todo el que quiera trabajar encuentre un empleo. Es una teoría visualmente impecable, pero tiene un problema gigantesco: asume que las empresas operan conociendo la realidad exacta del mercado. Y en el mundo real, la economía no se mueve por certezas, sino por previsiones.
Es aquí donde John Maynard Keynes sacudió el pensamiento clásico introduciendo el concepto de demanda efectiva. La demanda efectiva no es lo que finalmente termina sucediendo en los mostradores o en las cajas registradoras; es el punto de encuentro donde se cruzan los costes de producción de las empresas con la demanda que los empresarios esperan que exista en el futuro.
Este sutil giro de tuerca lo cambia todo. Si las expectativas del sector privado son sombrías, los empresarios no esperarán a que el mercado les demuestre que están equivocados. Ajustarán a la baja sus inversiones y congelarán las contrataciones. Al hacerlo, retiran dinero de la circulación y disminuyen los ingresos de las familias. ¿El resultado? Una profecía autocumplida: la demanda real del mercado termina desplomándose porque las propias empresas la limitaron de antemano. Las tijeras de Marshall pierden su vigencia porque pueden cruzarse perfectamente en un escenario de desempleo masivo y fábricas vacías, tal como ocurrió en la Gran Depresión de 1929.
Ahora bien, cabe hacerse una pregunta crucial para entender la dinámica económica actual: en pleno siglo XXI, con el Big Data, la inteligencia artificial y el análisis de mercados en tiempo real, ¿por qué las empresas siguen sin ajustarse a la realidad y continúan cometiendo estos errores de previsión?
La respuesta está en la naturaleza misma del sistema de mercado y en lo que se conoce como incertidumbre radical e información asimétrica.
En primer lugar, una empresa puede tener datos históricos perfectos y algoritmos predictivos brillantes, pero el futuro es inherentemente impredecible. Los datos del pasado no pueden anticipar un cisne negro, un pánico bancario o un cambio repentino en el humor de la sociedad. Ante la duda, el comportamiento racional de una corporación que busca proteger su rentabilidad es volverse prudente, recortar el gasto y acumular liquidez.
En segundo lugar, existe un problema de coordinación competitiva. Ninguna empresa conoce los planes exactos de sus competidores ni la renta disponible que quedará en los bolsillos de los consumidores después de que actúen los demás actores económicos. El mercado no es un bloque homogéneo; es una suma de decisiones individuales a ciegas. Si todas las empresas deciden de manera aislada que es momento de ser cautas, provocan de forma colectiva la recesión que tanto temían.
Por último, los incentivos internos de las organizaciones juegan en contra del ajuste real. Modificar las estructuras de producción, rescindir contratos, cambiar los precios o renegociar con proveedores lleva tiempo y dinero (lo que en macroeconomía se conoce como costes de menú y rigideces estructurales). Las empresas no son fluidas; son estructuras rígidas que tardan en reaccionar.
La gran lección que nos queda es que el conocimiento del mercado siempre será imperfecto. Mientras la inversión y el empleo dependan de las expectativas subjetivas de los empresarios en un entorno de incertidumbre, la demanda efectiva seguirá mandando. Y cuando el pesimismo bloquee el motor privado, las tijeras de Marshall no vendrán al rescate; será necesaria la intervención externa para devolver la velocidad de circulación al dinero y reactivar la economía.
Para entender del todo este lío conceptual, no hay que olvidar la paradoja humana detrás de la teoría. Keynes no atacaba las tijeras de Marshall desde la distancia de un desconocido; Alfred Marshall había sido su maestro, su mentor en Cambridge y, en sentido figurado, el joven Maynard se había criado intelectualmente sentado en sus rodillas. Con los años, Keynes aprendió a separar al autor de su propio dogma. Solía distinguir con lucidez entre el «Marshall joven» -aquel cuyas fórmulas rígidas de equilibrio perfecto tanto criticaba en su madurez- y el «Marshall viejo», reconociendo que los años y la experiencia de vida terminaron llevando a su maestro por un mejor camino, un camino más intuitivo y consciente de que la economía, antes que una ciencia matemática exacta de curvas que se cruzan, es una ciencia social moldeada por la psicología, sesgos y las propias imperfecciones del ser humano.
