
Nos obsesionamos con el PIB. Cada trimestre, la prensa económica abre portadas según el dato suba un 0,2% o caiga un 0,1%. Hablan de ello como si fuera el electrocardiograma de un país. Si la cifra sube, los políticos se cuelgan medallas; si cae, saltan las alarmas.
Pero el PIB jamás se diseñó para medir la salud económica de una sociedad. Mide, única y exclusivamente, el volumen de transacciones en un periodo determinado. Es decir, mide cuánto dinero cambia de manos, no si ese dinero está generando bienestar o destruyendo el futuro. No hay que confundir la intensidad del tráfico con la calidad del viaje, sería una forma perfecta para tomar decisiones nefastas.
Para entender el fallo de origen del PIB, solo hay que asimilar una distinción contable básica: el PIB es un flujo de caja, mientras que la prosperidad real depende del patrimonio, un stock. Su cálculo se realizar por tres métodos diferentes: Gastos, Ingresos y Producción y, en teoría deben sumar lo mismo, aunque eso parece complicado sin un rango de aceptabilidad.
Imagínate a un tipo que cobra 10.000 euros al mes. Sobre el papel, un perfil de éxito. Lo que el dato de ingresos no te enseña es que debe tres millones de euros, acaba de malvender el coche para pagar la cuota de la hipoteca y trabaja 18 horas al día reventándose la salud. ¿Está bien económicamente? Obviamente no. El PIB es simplemente ese sueldo mensual que ignora por completo las deudas acumuladas, el desgaste del cuerpo y las reservas que quedan en el banco.
Al usar este indicador -ciego- como única brújula, caemos en paradojas absurdas, como:
Las catástrofes suman. Un huracán que destroza una región entera hace subir el PIB. Hay que reconstruir viviendas, movilizar maquinaria y comprar materiales. Se ha destruido riqueza real y la gente vive peor, pero la contabilidad oficial dice que «crecemos». Esquilmar los bosques. Si un país decide talar todos sus bosques y vender la madera hoy, registrará un pico histórico de ventas en las cuentas nacionales. El colapso ecológico y la erosión del suelo del año que viene simplemente no cotizan en la tabla. Lo que sostiene la vida es invisible. El trabajo de cuidados dentro del hogar, la crianza, el voluntariado o la simple eficiencia -usar menos recursos para lograr el mismo resultado- no computan. Para el PIB, un coche que consume la mitad de gasolina es un «problema» porque mueve menos dinero en la gasolinera.
El problema no es que el PIB exista, para medir el volumen bruto de una economía cumple su función. El error es usarlo como el único termómetro para juzgar si una sociedad avanza.
Por eso han surgido métricas más sensatas como el Indicador de Progreso Real (GPI). Su planteamiento es sencillo: suma lo que aporta bienestar y resta lo que genera costes ocultos. Arranca del consumo personal, pero ajusta las cuentas añadiendo el valor del trabajo no remunerado o las infraestructuras domésticas, y descontando la contaminación, los accidentes de tráfico, la delincuencia y el coste social de la desigualdad.
Cuando superpones la gráfica del PIB con la del GPI en las economías desarrolladas desde los años 70, el resultado da que pensar. Llega un punto -lo que el economista Manfred Max-Neef llamó la «hipótesis del umbral»- en el que el PIB sigue subiendo en diagonal, pero el GPI se estanca o cae. Producimos más cosas, sí, pero el coste social y ambiental de fabricarlas empieza a devorar cualquier beneficio real.
Seguir guiando la política económica en función de si el PIB sube o baja unos decimales es como evaluar a una empresa mirando solo sus ventas sin revisar jamás los costes, la deuda ni el estado de sus fábricas. Es mirar el velocímetro del coche sin comprobar si queda combustible en el depósito o si vamos directo hacia un muro.
Si queremos saber si un país avanza de verdad, dejemos de obsesionarnos con la caja registradora del trimestre. Toca empezar a auditar lo que de verdad sostiene la vida a largo plazo: la salud financiera de las familias, la fortaleza del tejido social y la conservación de nuestro capital humano y natural.
