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El PIB de laboratorio: el vínculo entre gasto público y consumo de los hogares

Tiene poco sentido que el crecimiento del PIB se venda como un éxito cuando no se siente en la calle. Al analizar los datos se ve claro: la cifra de PIB no es el resultado natural del dinamismo de la economía española, sino el objetivo de una estrategia diseñada en despachos. Que un gobierno intente maquillar sus cifras no es nuevo, pero la capacidad de generar sombras chinescas del ejecutivo actual roza el arte. No hace falta más que ver los movimientos en la cúpula del INE o repasar la literatura de la anterior ministra de Economía para entender que el método de cálculo del PIB es hoy una herramienta política más.

No hablo de manipular el dato en el sentido vulgar, sino de algo más astuto. Conocidas las palancas que alimentan la ecuación del PIB, el Gobierno actúa de forma quirúrgica sobre las variables con las que tiene vínculo directo, sea lo más conveniente para el país a largo plazo o no. Hay que hacer que el cohete despegue, aunque haya que quemar toda la pólvora del Estado.

Para ver la jugada sin trampas, conviene mirar siempre magnitudes reales, descontando la inflación. El canal principal de este dopaje es muy sencillo: inyectar gasolina al PIB a través del consumo de los hogares usando el presupuesto público.

Si abrimos la tripa del PIB por el lado del gasto (identidad):

Y = C + I + G + (X – M), (donde Y es el PIB, C el consumo privado, I la inversión, G el gasto público y X-M el saldo exterior)

El Estado tiene dos formas de empujar el PIB (Y). La primera es directa: gastando él mismo (G). La segunda es más sutil: forzar el consumo de las familias (C) inflando su Renta Disponible (Yd).

Como el consumo depende de lo que entra en el bolsillo de las familias (C = C0 + c Yd), y esa renta disponible no es más que lo que ganas menos los impuestos más las transferencias del Estado (Yd = Y – T + TR), el mecanismo queda al descubierto. Cada vez que el Gobierno sube pensiones, liquida cheques de ayuda, incrementa sueldos públicos o reparte transferencias (TR), aumenta de forma automática la renta disponible. Ver nota explicativa al final del post, sobre estas dos ecuaciones de comportamiento.

Aunque los hogares no se lo gasten todo -dependerá de su propensión marginal a consumir (c)-, una parte importante va a parar directamente al consumo (C), engordando el PIB final. Y con los multiplicadores fiscales en la mano, cada euro público inyectado produce un espejismo amplificado en la cifra agregada: mientras que el gasto directo (G) se multiplica por 1 / (1 – c), las transferencias (TR) lo hacen por un factor ligeramente menor c / (1 – c)), al tener que pasar primero por el filtro del bolsillo familiar, pero el efecto expansivo sobre el consumo sigue siendo contundente.

El año 2023 fue la prueba de laboratorio perfecta de esta estrategia. El consumo privado no tiró por alegría ni por impulso del sector productivo, pero la renta disponible voló. ¿De dónde salió ese dinero? No de la creación de empleo privado ni de subidas salariales por productividad, sino del BOE: revalorización de pensiones, gasto en transferencias sociales, subidas del sueldo público y la inyección masiva de fondos europeos. Aunque estos fondos se diseñaron teóricamente para la inversión empresarial, en la práctica actúan como un potente vector de consumo: parte de ese dinero acaba en salarios y contrataciones que nutren el bolsillo familiar, liberan recursos en los presupuestos públicos para más gasto social y generan un efecto de arrastre sobre pymes y autónomos.

Las familias, con bastante prudencia, no salieron a quemar ese dinero extra. Prefirieron ahorrar la mayor parte, lo que explica la fuerte capacidad de financiación del sector privado ese año. Pero la pequeña fracción que sí se gastó bastó para aguantar la cifra del PIB que luego se vendía en rueda de prensa.

El déficit público se convirtió así en la muleta que sostuvo artificialmente la renta, el consumo y, en última instancia, el crecimiento oficial. La relación no es una coincidencia: es directa, cuantificable y estructural. El Estado inyecta poder adquisitivo vía deuda; una parte maquilla el PIB mediante consumo y el resto tapa agujeros en forma de ahorro privado.

Mirando la foto sectorial reciente se repite la misma historia: superávits en el sector privado y en el exterior sostenidos sobre un déficit público abultado. Crecimiento impulsado por la política fiscal, inevitable cuando el sector privado no empuja. Al final, este tipo de intervenciones no deja de ser el mecanismo clásico de la política económica para sostener la actividad y evitar que la economía se frene por completo, utilizando la palanca del Estado cuando el motor privado necesita un empujón, aunque no quita para que sea un PIB ayudado. Ya que no tenemos instrumentos de política monetaria porque corresponden al BCE, lo único que tenemos en la política fiscal. Es un mecanismo legítimo pero artificial.

Nota: C = C0 + c Yd, la función Consumo es igual al Consumo autónomo (consumo necesario independientemente del nivel de renta), más c que es la propensión marginal a consumir (PMC) coeficiente que toma valores entre 0 y 1, por Yd que es la renta disponible. La Yd (Renta disponible): es el ingreso real que le queda realmente a las familias en el bolsillo después de pagar impuestos (T) y de recibir las transferencias y ayudas del Estado (TR). Se expresa como Yd = Y – T + TR.

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