Déficit fiscal, Deuda pública, Dinero, Emisión monetaria, Endeudamiento, Inflación- Deflación, Modern Monetary Theory - MMT, Política económica, Política fiscal, Política monetaria, Sistema Monetario

El mito de la escasez: lo que los manuales de economía no te cuentan sobre tu dinero

Si el dinero moderno nace de un simple apunte contable en el ordenador de un banco cada vez que alguien firma un préstamo, surge una pregunta inevitable que la mayoría de los manuales de economía omiten: ¿Por qué a veces cierran el grifo y nos dicen que «no hay»? O más extraño aún, ¿por qué puede quebrar una entidad que tiene la capacidad técnica de «fabricar» su propio producto? La respuesta es que el dinero no es un objeto físico, ni una montaña de billetes guardada en un sótano, sino un sistema complejo de tres capas de poder y regulación. Cuando el sistema financiero lanza el mensaje de que «no hay dinero», en realidad está ocultando tres barreras mecánicas y una narrativa de control social.

En primer lugar, debemos entender la falta de solvencia. En el paradigma actual del dinero fiduciario, el dinero nace del riesgo. No es que el banco te preste los ahorros de otra persona, el banco crea un depósito nuevo en tu cuenta en el momento en que tú firmas una promesa de pago. Por tanto, el dinero es una representación de tu esfuerzo futuro. Si el banco no confía en que puedas devolverlo, o si percibe que el entorno político y económico es inestable, ese dinero simplemente no llega a existir. Para la banca privada, el dinero no es un bien que ellos «tienen» almacenado, sino una creación contable que solo ejecutan si creen que vas a trabajar durante las próximas décadas para devolvérselo con intereses. Por eso, el dinero «desaparece» para los sectores más vulnerables o para los Estados en crisis: no porque no se pueda crear, sino porque el emisor privado no ve garantizada su rentabilidad.

En segundo lugar, nos encontramos con el corsé de las reservas del Banco Central Europeo. Aquí es donde la soberanía monetaria de los países de la Eurozona se complica. Aunque un banco comercial puede crear «dinero bancario» para sus clientes con un teclado, para liquidar operaciones con otros bancos necesita dinero de base, dinero de alta potencia, o dinero primario (base monetaria, más popularmente) en su elemento concreto de reservas emitidas exclusivamente por el BCE. Si el BCE decide endurecer la política monetaria, subir los tipos de interés o restringir la liquidez, a los bancos les sale mucho más caro conseguir esas reservas. Cuando un banco dice que «no hay dinero» para crédito, a menudo se refiere a que el coste de conseguir el respaldo del Banco Central es tan alto que la operación ya no le resulta atractiva. Es un estrangulamiento técnico que acaba asfixiando a la economía real.

Finalmente, está la trampa del patrimonio neto y la normativa de Basilea. Por seguridad del sistema, los reguladores exigen que por cada euro que un banco presta, este debe poseer una fracción mínima de capital propio (dinero de sus accionistas). Si el banco sufre pérdidas debido a inversiones fallidas o impagos masivos, ese colchón se reduce. Aunque el banquero quiera seguir dando préstamos, legalmente no puede hacerlo si ha agotado su capital. Es el límite de velocidad del capitalismo financiero: una regla que evita que creen dinero infinito, pero que también provoca que, cuando hay una crisis, el crédito se congele de golpe, agravando la recesión. Al final, la frase «no hay dinero» es la herramienta de control más potente del siglo XXI. Se utiliza para justificar recortes en derechos fundamentales y para mantener la percepción del dinero como un recurso escaso, similar al oro, lo que garantiza que los ciudadanos acepten pagar intereses elevados por algo que, en esencia, es un apunte digital. Lo vimos con la Thatcher y con Milei: «No hay dinero», es un instrumento para engañar a la gente y que dejen de pedir la ayuda del Estado para salir de la mala situación.

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