
Lo primero que he de decir es que tengo un profundo respeto por Hayek como economista, por su inteligencia y por su trayectoria. Sus aportaciones que, por cierto, son ignoradas por esa miríada de adeptos libertarios que le han salido últimamente, han sido importantes aunque muchas estén exacerbadas por los traumas que aquí trataremos. Una de las que considero más acertadas, porque supuso un cambio de rumbo -leve- en sus creencias, fue que a partir de un momento determinado apreció que no podía seguir fundamentando la economía sin conocer más profundamente la psicología humana, y se puso a ello de lleno. Fue un camino que en otro orden de cosas ya iniciara Carl Menger, aportando la percepción del valor subjetivo por el ser humano de forma radicalmente diferente al valor objetivo del trabajo, un enfoque metodológico imposible de encajar con el rigor matemático de Piero Sraffa.
La familia Von Hayek fue una de esas familias importantes y acomodadas de la Viena de la pre Guerra Mundial. Tanto Berlín como Viena eran en aquel entonces dos jardines de arte, cultura, dinero y una enorme autoestima que, por desgracia, acabó derivando en otra cosa. En su juventud, Hayek fue socialista fabiano, un tipo de socialismo light, reformista y no marxista que abundó —y abunda— en Inglaterra y el resto del Reino Unido. Tony Blair podría ser uno de ellos en la era moderna, a medias entre un liberal y un socialdemócrata. La Primera Guerra Mundial y la Segunda alterarían por completo su placentera vida y la de su familia. Perdiendo el aristocrático «Von» por los vaivenes políticos, tuvieron que pasar verdaderas penurias como el resto de alemanes y austriacos en el convulso periodo de entreguerras, marcado por la hiperinflación y el colapso institucional.
Su espíritu le llevó a tomar parte en la Gran Guerra en cuanto cumplió la mayoría de edad. Aunque estuvo destinado en misiones de comunicaciones en el frente italiano, pasó por varios momentos muy comprometidos para su vida, recibiendo un pedazo de metralla en el cráneo y sufriendo malaria, entre otras desgracias físicas que arrastraría siempre. Lo peor llegó después, como Mises, también tuvo que salir de su país huyendo del nazismo y el colapso de la civilización centroeuropea que tanto amaba.
Curiosamente, años más tarde, coincidiría vigilando las terrazas de los edificios de Cambridge para protegerlos de los bombarderos alemanes con un hombre veinte años mayor que él, con el que quedaría unido -o desunido- para el resto de la historia económica. Ese hombre medía dos metros de alto, llevaba un pulcro bigote y poseía unos ojos castaños claros que te miraban para persuadirte hacia sus planteamientos de forma rápida y casi mágica. Era, por supuesto, John Maynard Keynes, Maynard para sus amigos y familiares.
Durante muchos años ambos mantuvieron una correspondencia crítica legendaria. A Keynes lo conoció a fondo en esas largas noches de guardia, vigilando los ataques aéreos alemanes con el objetivo de apagar rápidamente los incendios que la Luftwaffe pudiera provocar sobre los edificios medievales de la Universidad de Cambridge. Sin embargo, creo que aquellas interminables disputas epistolares terminaron por hartar al propio Keynes, porque revelaban cierta tirria cruzada, mezclada un poco con los celos lógicos entre intelectuales de un altísimo nivel.
De hecho, la tensión teórica llegó a tal punto que cuando Keynes llamó al economista italiano Piero Sraffa para que se instalara en Inglaterra -salvándolo así de las amenazas del gobierno de su país natal-, no dudó en ponerlo al frente de la tarea de responder y desmontar las tesis monetarias de Hayek, quien seguía enconado en sus críticas al intervencionismo británico. Sraffa, con su mente afilada, se convirtió en el ariete perfecto contra el austriaco.
Al final, la historia nos deja una paradoja fascinante. De forma indirecta, o tal vez plenamente consciente por la empatía nacida en aquellas frías noches en las terrazas de Cambridge, Keynes hizo especial hincapié ante las autoridades aliadas para que los terribles errores económicos cometidos tras la Primera Guerra Mundial en la Alemania derrotada no se repitieran en la Austria de la posguerra. Así sucedió, y las políticas de reconstrucción y estabilización terminaron beneficiando directamente la seguridad y el entorno del propio Hayek y su familia. Una ironía del destino: el padre del intervencionismo moderno salvando el suelo del heraldo del libre mercado. El análisis económico actual haría bien en recordar que detrás de los dogmas siempre hay cicatrices humanas.
Siempre he tenido la sensación de que Keynes y Hayek tenían más cosas en común de lo que parecía. Si rascamos la superficie de la rivalidad, encontramos puentes sorprendentes que la muerte prematura de Keynes en 1946 (a los 62 años) dejó a medio construir. Se suele olvidar que Keynes era un liberal (del Partido Liberal británico, no un socialista). Él no quería que el Estado controlara los medios de producción, su objetivo al salvar al capitalismo con intervención estatal era, precisamente, evitar que las masas desesperadas abrazaran el comunismo o el fascismo. Hayek quería proteger la libertad limitando al Estado; Keynes quería protegerla estabilizando el sistema. He visto vídeos de un Hayek muy mayor hablando de Keynes, todavía no le había perdonado que fuera más famoso que él. Si los humanos brillantes colaborasen, otro gallo nos cantaría.
