
Existe una vieja y cínica teoría en economía conocida como la hipótesis de la «grasa en los engranajes». Quienes la defienden argumentan que, en países con burocracias asfixiantes, normas absurdas y estados ineficientes, la corrupción actúa como un lubricante. Permite que el dinero se mueva, que las licencias se aprueben y que los proyectos arranquen. Ya lo sugería Bernard Mandeville en el siglo XVIII: el egoísmo y los vicios privados a menudo ponen en marcha el consumo y el empleo. Al fin y al cabo, el dinero negro de las comisiones se gasta en restaurantes, coches de lujo, reformas y pisos, inyectando liquidez rápida en el mercado local.
En los tres blogs que he desarrollado desde 2009 (de marketing general, pricing y dinámica monetaria) he publicado las teorías de Mandeville aplicadas al caso, que -más que realmente cínicas- siempre me han parecido de la más cruda realidad.
Sin embargo, la realidad económica demostrada por la ciencia moderna es mucho más oscura. La corrupción no crea riqueza; la redistribuye de forma injusta y destruye el futuro de un país.
El impuesto invisible que lo pudre todo
La inmensa mayoría de los estudios económicos modernos (como los del Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional) sostienen la hipótesis opuesta: la corrupción es una «arena en los engranajes». Sus efectos destructivos se miden en tres niveles diferentes: Pérdida de eficiencia y sobrecostes, cuando un concurso público se amaña o se trocea para adjudicarlo a propuestas «amigas», el ciudadano paga más por un servicio peor. No gana la empresa más innovadora o la que ofrece mejor precio, sino la que tiene mejor acceso al decisor. Asignación ineficiente del talento, si para tener éxito en los negocios o ascender en la Administración lo que importa es el enchufe, el favor o la picaresca (el viaje pagado camuflado de congreso, el portátil «perdido» que acaba en manos del hijo), el talento real se rinde. Los incentivos se pervierten, la gente no se esfuerza en ser más productiva, sino en estar más cerca de donde se reparte el botín. Destrucción de la inversión extranjera: el capital es cobarde. Un inversor serio huye de los mercados donde las reglas cambian según el tamaño del sobre o donde un competidor local pequeño e inexplicablemente conectado puede arrebatarle el contrato.
Perspectiva histórica
El economista Paolo Mauro, en un estudio pionero de 1995, demostró con datos de decenas de países que un aumento en los niveles de corrupción reduce drásticamente la inversión inversión extranjera directa y el crecimiento económico a largo plazo. Mauro calculó que si un país mejorara su índice de integridad, su tasa de inversión aumentaría de forma inmediata.
Otros estudios posteriores confirman que la corrupción actúa como un impuesto regresivo: afecta mucho más a las pequeñas empresas (que no tienen capacidad para pagar grandes sobornos o carecen de hilos que mover en los foros adecuados) que a las corporaciones gigantes, bloqueando la movilidad social y el crecimiento del tejido empresarial medio.
La microcorrupción moral
El verdadero peligro de la corrupción no es solo el gran político que desvía millones a Suiza. El peligro real es su normalización social.
Cualquiera que haya estado cerca de los concursos públicos o de las subvenciones conoce mil historias. Cuando el ciudadano medio ve normal el abuso en los gastos operativos en las empresas (no gasta lo mismo cuando paga uno que cuando paga la empresa) o el pequeño fraude cotidiano en mil cosas (llevarse material de oficina a casa porque comienza el colegio), se destruye el activo más valioso de una economía: el capital social, es decir, la confianza mutua.
Ese cinismo del «sálvese quien pueda» se traslada a las relaciones humanas más bajas: como el inversor inmobiliario o vecino miserable que aprovecha la asfixia económica de un vecino para hundir el precio de su piso y quedarse con su patrimonio por una miseria. No es un problema de leyes; es un colapso ético donde el prójimo deja de ser un igual para convertirse en una presa.
Cambio generacional
Afortunadamente, una buena parte de los jóvenes actuales ya no está dispuesta a aceptar este ecosistema de favores. Las relaciones humanas son complejas y la ventaja de estar bien conectado siempre existirá, pero un mercado sano no puede permitirse el lujo de desperdiciar el talento real por falta de contactos.
La economía no se sostiene sobre el consumo del tramposo, sino sobre la certidumbre de las reglas del juego. Cuando un mercado se basa en «a quién conoces» y no en «qué vales», la economía deja de ser un motor de crecimiento y se convierte en un juego de suma cero: un escenario donde unos pocos roban lo que la mayoría trabaja.
Los políticos no son corruptos por estar en un partido, antes de apuntarse a la organización ya eran corruptos. El tema viene desde sus años mozos, más tarde, se encuentran con mayores o menores dificultades para aplicar sus capacidades delictivas. El más sinvergüenza no es el más listo, difundamos este mensaje. La clave es acabar con las micro corrupciones, esos pequeños abusos diarios de poca monta a los que nadie les da mucha importancia.
Diccionario de la RAE:
Del lat. corruptio, -ōnis.
- f. Acción y efecto de corromper o corromperse.Sin.:
- putrefacción, descomposición, podredumbre, degeneración, fermentación.
- f. Deterioro de valores, usos o costumbres.Sin.:
- corruptela, deshonestidad, depravación, perversión, vicio, envilecimiento, peste, prostitución.
- honradez, integridad.
- f. En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización indebida o ilícita de las funciones de aquellas en provecho de sus gestores.Sin.:
- soborno1, cohecho, compra, coima1.
- f. desus. Diarrea, descomposición.
