
Para entender hacia dónde nos dirigimos, conviene recordar de dónde venimos. Los primeros liberales no surgieron para defender a los aristócratas de siempre, sino para dinamitar un sistema económico asfixiado. En aquel orden tradicional, las grandes extensiones de tierra pasaban intactas de padres a hijos. La gente común no podía aspirar a comprar ni una sola parcela; su única opción era dejarse la espalda trabajándola mientras pagaba rentas abusivas a los rentistas de turno. Aquella estructura inamovible congelaba la economía e impedía que la sociedad creciera. El capitalismo industrial nació precisamente como el ariete capaz de romper ese inmovilismo y poner el capital a producir.
La Revolución Industrial desencadenó una migración masiva. Miles de trabajadores rurales abandonaron el campo para instalarse en las nuevas ciudades industriales. Tampoco nos engañemos: la vida en las fábricas iniciales no era ninguna bicoca, con jornadas agotadoras y empleo de adultos y niños en condiciones precarias. Sin embargo, el entorno rural era aún peor, marcado por la miseria absoluta y la falta de horizontes. La ciudad, con todos sus problemas iniciales, agrupaba a la gente y abría la puerta a servicios básicos y a un dinamismo antes impensable.
En ese ecosistema irrumpió la figura de Frederick Winslow Taylor. Su método para medir y optimizar cada movimiento del proceso productivo transformó las fábricas. Lo curioso es que el bueno de Taylor se ganó el odio de casi todos: los sindicatos lo acusaban de robotizar al obrero y los empresarios detestaban que un externo cuestionara su forma de mandar. Pero el resultado fue incontestable. Al especializar las tareas, las habilidades técnicas se volvieron escasas y valiosas. La curva de aprendizaje y el salto en la eficiencia obligaron a subir los salarios. De ese choque entre especialización y productividad nació, por primera vez en la historia, la clase media tal y como la conocimos.
Este capitalismo industrial ofreció décadas de pingües beneficios. Potencias como EE. UU. y varios países de Europa lideraron una era de desarrollo social sin parangón, cuyo bienestar salpicó también a quienes marchábamos a su rebufo. Sin embargo, el modelo terminó chocando con sus propios límites físicos: la productividad lineal no daba para más y la rentabilidad comenzó a erosionarse en Occidente.
Ante ese agotamiento, Asia se convirtió en la gran válvula de escape. Comenzó ofreciendo costes laborales bajísimos para manufacturar productos de calidad aceptable o regular. Pero no se quedaron ahí. En pocas décadas, los países asiáticos dieron un salto gigante: pasaron de copiar a liderar la ingeniería, la tecnología avanzada y la innovación en el producto final y en sus procesos de fabricación. El corazón del capitalismo industrial cambió de geografía para siempre.
Hoy, mientras la fabricación se desplaza definitivamente y la inteligencia artificial amenaza con automatizar millones de empleos de cuello blanco, nos enfrentamos a una transición drástica. El modelo productivo que creó a la clase media se está desmantelando para dar paso al capitalismo financiero. Un sistema orientado a la especulación, el rendimiento de activos, la deuda y la ingeniería financiera sin producción de valor real. Paradójicamente, nos arriesgamos a volver al punto de partida, es decir, una economía de nuevos rentistas donde la riqueza se acumula en el papel mientras la economía real languidece.
