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La fábula de las abejas. La primera obra que vio a la sociedad como una economía

El neerlandés Bernard de Mandeville vivió, escribió y murió en Inglaterra. Corrían los años de 1670 a 1733, por lo tanto, los economistas primigenios y más conocidos le siguieron y conocieron su obra, no en balde fue el primero en describir el mecanismo de la «mano invisible» que más tarde hizo famosa Smith, aunque este último solo usara la expresión tres veces en toda su obra. Miembro de aquella clase de los primeros proto economistas que aglutinaban diferentes áreas de dominio, en su caso se puede decir que era médico, filósofo, economista político y clubbable (sociable y muy popular en las élites que se reunían en sociedades privadas), manejando —al estilo de Quevedo— una sátira con tridente bien afilado.

Su obra más conocida, la cual llegó a editarse por entregas, con diferentes títulos y varias ediciones mejoradas, es La fábula de las abejas: o, vicios privados, públicos beneficios (1714). Hay que reconocer que es un título que despierta la curiosidad y suena prometedor. Lo bien cierto es que personajes tan reconocidos como Adam Smith, Rousseau, Voltaire, Diderot, Kant, Herder, Gibbon, Keynes, Hayek, Hazlitt, Disraeli y Marx, entre otros, comentaron su obra y la criticaron, alabaron o incorporaron a sus fundamentos. Es una obra corta y en verso, un poema cuya traducción requiere de verdaderos expertos para que no pierda el sentido ni la estructura. Posteriormente se añadieron una serie de comentarios al poema original. ¿Es la primera obra sobre economía? Es complicado afirmarlo porque no existía ese concepto como disciplina y ciencia, pero sin duda fue uno de los primeros en pensar la economía como un sistema autónomo de incentivos, anterior incluso a Adam Smith, tratando a la sociedad como una economía.

Mandeville cuenta la historia de una colmena —como reflejo de la sociedad británica de 1705— que incluía la tendencia a las guerras alejadas de la metrópoli, la pobreza, las clases ociosas, la delincuencia, la corrupción, los jueces y abogados, artistas, banqueros, lupanares y sus usuarios, limpiadores de calles, etcétera. ¡Vaya, que la falta de moralidad y el gasto se conjugaban para mantener el progreso de la colmena! Aunque las quejas también estaban presentes. En un momento, Júpiter, harto de la situación, devuelve la moralidad y la reducción del gasto superfluo: se limpia el empedrado, se vacían las prisiones por falta de delitos, las fiestas y el alcohol desaparecen, y la corrupción se esfuma en todos los órdenes. Una vez que la colmena consigue este nuevo orden virtuoso, los abogados y los jueces se quedan sin trabajo, los artistas ya no tienen compradores adinerados que peleen por sus obras, y los comerciantes y restaurantes ven sus negocios vacíos. La colmena entra en un estado de pobreza total y tristeza, de tal forma que muchas abejas optan por abandonarla y buscar un nuevo lugar donde vivir.

Sin entrar en mayor análisis, basta con recordar algunas etapas de euforia económica y gastos superfluos generalizados a nivel nacional para advertir que algo de cierto hay en ello. Cuando el imperio del orden y la moralidad vuelven a la sociedad en modo excesivo (entiendan, por favor, mi comentario), se entra en una fuerte crisis económica. En los países en los que el dinero cambia de manos dinámicamente —como en ese típico chiste de sitcom americano donde un profesional con una casa impresionante sufre por no saber de dónde sacar 1800 dólares—, las economías van bien si la tasa de paro es baja y todo el mundo gasta sin ahorrar, porque eso expande el sistema. Huelga decir que las críticas le cayeron por miles; a nadie le gustó verse reflejado en la obra de Mandeville ejerciendo vicios privados.

Su aportación a la economía fue más extensa. En la obra de Mandeville ya está presente la esencia de la mano invisible, esa metáfora que utilizó Adam Smith (aunque no fuera su mejor aportación a la ciencia económica y hoy sea objetivo de ataques por parte de quienes no entienden el mercado como un sistema complejo). También está presente la división del trabajo y -si quieren verlo así- toques de keynesianismo, así como fundamentos del liberalismo (incluso de la Ley de Say), sin olvidar el «Orden espontáneo» que el propio Hayek le reconocía.

La obra del anglo-neerlandés es, ciertamente, un poco cínica en sus planteamientos, pero detecta con precisión la dinámica de las sociedades y su elemento base: las personas y sus relaciones que, en definitiva, son la economía. Cuando las reglas son más laxas, la economía crece; cuando se la intenta limitar, se retrae. Una economía excesivamente reglada no funciona adecuadamente. Tampoco se trata de homenajear a los corruptos, sino de entender el peligro de regular en exceso.

Cuando apareció la obra de Mandeville, la economía no existía como ciencia, sino como filosofía moral: reflexiones morales y políticas sobre la conducta humana, el comercio y la riqueza. El libro más importante —que no el más famoso— de Adam Smith fue su Teoría de los sentimientos morales (1759), centrado en la empatía como fundamento de las interacciones sociales. Mandeville, en cambio, separó la moral de la prosperidad, sosteniendo que el bienestar colectivo nace de comportamientos «viciosos» —lujo, ambición, deseo de estatus— que la moral tradicional condenaba. Al hacerlo, estaba sembrando el pensamiento económico moderno: la idea de que existen leyes económicas que operan incluso al margen de la virtud o la intención moral. Por eso, aunque Mandeville no fue un economista formal, historiadores como Schumpeter, Hayek o Hirschman lo consideran un precursor directo y brillante de la economía política clásica.

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