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¿Y si el problema de España no es la productividad, sino el valor añadido?

Cada vez que sale el tema de la economía en España, la conversación cae en el mismo bucle: la productividad. Nos dicen que producimos poco por hora trabajada y que por eso los sueldos no dan para más. Y claro, la solución que suelen poner sobre la mesa suena a lo de siempre: apretar el acelerador, recortar costes o pedirle al trabajador que rinda el doble.

Pero si te paras a mirar los datos con un poco de calma, te das cuenta de que el diagnóstico está mal hecho desde la base. España no tiene un problema de productividad. Tiene un problema de valor añadido.

Piénsalo un segundo. Si tú montas una fábrica de sillas de plástico y tus empleados hacen diez sillas a la hora, y al año siguiente consigues que hagan quince, has mejorado tu productividad una barbaridad. Pero si esas sillas se siguen vendiendo a cinco euros en un mercado saturado, por mucho que corras, los márgenes van a seguir siendo ridículos. No da para pagar sueldos altos, ni para invertir en mejorar la fábrica, ni para crear riqueza real.

Eso es exactamente lo que nos pasa como país. Somos auténticos especialistas en producir cosas que valen poco.

Un caso paradigmático de esto lo tenemos en el campo: España es el principal productor mundial de aceite de oliva… y lo es, ojo, desde tiempos de los romanos. Llenamos cisternas y cisternas de oro líquido excelente. Sin embargo, ¿qué ocurre después? Gran parte de ese aceite viaja a granel hacia Italia, donde se mezcla, se embotella con marcas de prestigio transalpino y se comercializa en los mercados internacionales -como el estadounidense- multiplicando su valor por varias veces. El resultado del embrollo es kafkiano: empresarios españoles han tenido que comprar marcas italianas a precio de oro simplemente para poder vender nuestro propio aceite en el extranjero al precio que realmente vale. Producimos la materia prima con un esfuerzo titánico, pero dejamos que otros capturen el margen final.

Nuestro modelo lleva décadas apoyado en sectores donde la barrera de entrada es bajísima y la competencia va a precio: turismo de volumen, hostelería, construcción, agricultura tradicional. En esos sectores, la gente se deja la piel y trabaja muchísimas horas. De hecho, somos tremendamente eficientes llenando hoteles o sirviendo cafés. El problema no es que el camarero o el albañil trabajen mal o despacio; el problema es que el producto final que estamos vendiendo al mundo tiene un margen de beneficio muy estrecho.

Y aquí es donde entra el tejido empresarial. En España, más del 90 % de las empresas son micropymes. Negocios pequeños que bastante tienen con sobrevivir al trimestre y cuadrar las cuentas a fin de mes. Con ese tamaño es casi imposible destinar capital a investigación, desarrollar tecnología propia, crear marcas globales o retener al talento que formamos en nuestras universidades. Al final, como no puedes competir por innovación ni por diferenciación, acabas compitiendo por lo único que te queda: tener costes más bajos que el de al lado. Y en una economía de servicios, bajar costes casi siempre significa contener salarios.

Mientras nosotros seguimos optimizando cómo servir más menús del día en menos tiempo, otros países están diseñando el software que gestiona esos restaurantes, fabricando los semiconductores que llevan las máquinas o patentando los fármacos que vamos a comprarles mañana. Eso es el valor añadido: hacer cosas que pocos saben hacer, por las que el mundo está dispuesto a pagar caro, y donde el margen permite que toda la cadena -desde el inversor hasta el último empleado- gane bien.

Seguir obsesionados con la productividad sin cambiar qué producimos es como intentar ganar una carrera de Fórmula 1 cambiando las ruedas más rápido, pero llevando un motor de utilitario. Por muy ágil que seas en el taller, en la recta te van a pasar por encima.

Porque sin aumento del valor añadido no habrá aumento salarial; la productividad por sí sola nunca nos elevará los sueldos.

Si queremos salir de esta rueda de precariedad disfrazada de récords de empleo, toca dejar de mirar tanto el reloj y empezar a mirar la factura. No necesitamos trabajar más, ni siquiera trabajar más rápido. Necesitamos empezar a vender cosas que valgan la pena.

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