
La historia económica oficial suele escribirse en inglés. Nos han enseñado que las grandes revoluciones del pensamiento nacieron en los pasillos de Cambridge o en los debates de Chicago. Sin embargo, si rascamos la superficie de nuestra propia historia, descubrimos que la periferia europea -y concretamente España- parió mentes que se adelantaron décadas a los dogmas vigentes, operando desde las trincheras de un país en reconstrucción y bajo prismas políticos aparentemente irreconciliables.
Hablamos de Germán Bernácer y Manuel Funes Robert. Dos economistas desconocidos fuera de su ámbito profesional, pero cuyo legado técnico dibuja un puente fascinante entre el liberalismo republicano, el corporativismo de posguerra y las teorías monetarias más disruptivas de la actualidad.
Bernácer: el Keynes alicantino que debatió con Cambridge
Si Germán Bernácer hubiera nacido en el Reino Unido, hoy la economía académica probablemente no hablaría de «keynesianos», sino de «bernacerianos». En 1916, dos décadas antes de que John Maynard Keynes publicara su Teoría General, este físico y economista alicantino ya había publicado Sociedad y Felicidad, una obra donde diseccionaba el gran fallo del capitalismo de entreguerras: la insuficiencia de la demanda efectiva y la tendencia del canal financiero a absorber recursos que deberían ir a la economía productiva.
Las similitudes entre las teorías de Bernácer y Keynes son asombrosas. Ambos rompieron con la ortodoxia clásica (la Ley de Say) al demostrar que el libre mercado no garantiza el pleno empleo de forma automática. Para ambos, el dinero no era un mero «velo» neutral, sino un activo líquido que la gente acumula en épocas de incertidumbre, provocando que el ahorro se estanque en el circuito financiero en lugar de transformarse en inversión real.
Sin embargo, Bernácer no fue un simple eco; fue un crítico agudo de Keynes. El alicantino rechazaba la idea keynesiana inicial de que el ahorro y la inversión eran magnitudes siempre idénticas en términos agregados. Bernácer argumentaba que parte del ahorro se desviaba hacia la especulación y los mercados de activos existentes (lo que él llamaba «Teoría de las disponibilidades»), creando un desfase que generaba las crisis de desempleo. Curiosamente, en sus escritos posteriores, el propio Keynes acabó modificando y refinando sus postulados, introduciendo el «motivo financiación» y acercándose a la distinción que Bernácer ya exigía entre liquidez y disponibilidad.
Este debate no se quedó en el vacío. El nexo de unión con el entorno anglosajón fue el célebre economista postkeynesiano Paul Davidson, amigo personal y uno de los más fieles guardianes del legado original de Keynes. Davidson mantuvo una valiosa relación epistolar con Bernácer, reconociendo el valor de un autor que, a pesar de su aislamiento, hablaba el mismo idioma macroeconómico que la vanguardia de Cambridge. Pese a sus profundas convicciones liberales y republicanas, la incontestable capacidad técnica de Bernácer y su arraigo familiar le permitieron sortear las purgas y acceder a la jefatura del Servicio de Estudios del Banco de España tras la Guerra Civil, demostrando que su rigor financiero estaba por encima de cualquier trinchera.
Funes Robert y la obsesión por la «financiación creciente»
En las antípodas ideológicas de Bernácer se encontraba Manuel Funes Robert, un economista falangista coetáneo de figuras como Juan Velarde, Fuentes Quintana, París Eguilaz, Fontana Tarrats o Antonio Robert. Este grupo de intelectuales compartía una obsesión típicamente falangista de la época: España tenía que industrializarse sí o sí.
Inicialmente, estos autores buscaron una «tercera vía» entre el capitalismo liberal y el comunismo soviético, utilizando la estructura del sindicato vertical como eje de vertebración económica. Sin embargo, la cruda realidad de la autarquía, el aislamiento internacional y la miseria de la posguerra funcionaron como un baño de realidad. La retórica imperial no construía fábricas. Para salvar al país de la miseria generalizada, se vieron obligados a abrazar el análisis técnico occidental, mutando esa pulsión totalizadora en políticas industriales y de planificación económica mucho más convencionales.
Es en este entorno donde Funes Robert rompe el molde a través de su teoría de la «financiación creciente». Su planteamiento rozaba la herejía para los sectores más conservadores: el Estado debía utilizar la creación monetaria y el crédito de forma expansiva para financiar el desarrollo industrial y asegurar el pleno empleo, despojándose del miedo reverencial al déficit público.
El hilo invisible: de la autarquía a la Teoría Monetaria Moderna
Lo fascinante de Bernácer y Funes Robert no es solo su clarividencia individual, sino cómo sus caminos teóricos convergen en la heterodoxia contemporánea desde puntos de partida radicalmente opuestos.
Bernácer puso los cimientos de la macroeconomía de la demanda que luego encumbraría a Keynes en el mundo anglosajón. Funes Robert, por su parte, anticipó con su «Principio de Financiación Creciente» los pilares de lo que hoy la izquierda económica defiende bajo las siglas de la TMM (Teoría Monetaria Moderna): la premisa de que un Estado con soberanía monetaria no se enfrenta a límites financieros dictados por la recaudación, sino a límites materiales dictados por sus recursos reales y su capacidad productiva.
La lección de ambos autores sigue plenamente vigente para la dinámica monetaria actual. La técnica económica y el funcionamiento del circuito del dinero no entienden de carnets políticos. Tanto el liberal republicano con una fuerte sensibilidad social desde el Banco de España como el falangista obsesionado con la industrialización entendieron que la moneda es, ante todo, una herramienta que debe servir a la economía real. Su olvido fuera de las fronteras profesionales es el precio de haber escrito desde la periferia, pero sus ideas siguen explicando los engranajes del mundo actual.
