No quiero inflación ni tipos altos, igual que no me gustan las vacunas… pero me las pongo para evitar males mayores.

Hace unos días, a raíz de un intercambio de opiniones en LinkedIn sobre los límites de la política monetaria actual, me encontré con la clásica barrera de los debates en redes: cuando se intenta argumentar utilizando la macroeconomía de los mejores autores, el mensaje choca contra eslóganes simplistas y otros lugares comunes. La discusión giraba en torno a la necesidad imperiosa de elevar el objetivo de inflación, pero mis argumentos -respaldados por el análisis riguroso de economistas de primer nivel- no solo no se entendieron, sino que fueron descartados por inercia ideológica, aunque no se haya visitado Viena.
El error de base en muchas de estas discusiones radica en utilizar estadísticas de trazo grueso. Es habitual ver estudios que cruzan datos de más de cien países para dictar sentencias generalistas mezclando economías de primer orden con realidades estructurales completamente opuestas. El problema es que mezclar países con estructuras productivas, grados de apertura comercial, monedas de reserva y regímenes institucionales tan dispares genera medias estadísticas descriptivas pero totalmente inoperativas para la toma de decisiones económicas reales. Tampoco se pueden utilizar modelos lineales/estáticos de 2001 para la economía actual. El problema real es el de siempre: ser experto en un tema económico o de herramientas de análisis no conlleva saber de macroeconomía suficientemente.
El peligro real: la trampa de la liquidez
Si el objetivo de inflación se mantiene anclado en el ortodoxo 2%, condenamos a los bancos centrales a operar con las manos atadas. Como han defendido economistas de la talla de Olivier Blanchard (junto a Corsetti y Guido Lorenzoni), Larry Summers, Jordi Gali, Posen o Paul Krugman, necesitamos elevar la meta de inflación al 3,5% ó 4%.
¿Por qué es esto vital? Porque solo así podremos situar la tasa de interés nominal de referencia en un rango normalizado del 5% o 6% en épocas de estabilidad. Si no disponemos de este margen, en el momento en que estalle una crisis de la magnitud de la vivida en 2008 o la generada por la pandemia, nos estrellaremos de inmediato contra la trampa de la liquidez.
Sin la capacidad de recortar entre 400 y 500 puntos básicos la tasa de interés y lograr que esta se mantenga en terreno positivo (en términos reales una vez superado el bache), la política monetaria pierde toda su tracción. La economía se congela, incapaz de salir del atolladero mediante estímulos convencionales, obligando a recurrir tarde y mal a parches de emergencia.
La relación entre r, g y el tipo neutral (r*)
Para entender la urgencia de este cambio hay que mirar más allá de la coyuntura y analizar las variables estructurales que gobiernan el sistema monetario y crediticio:
- El tipo de interés natural (r*): Es el tipo de interés real que equilibra la economía a pleno empleo y con estabilidad de precios. En las últimas décadas, factores demográficos y de productividad han deprimido este tipo neutral a niveles históricamente bajos.
- La tensión entre r y g: Si el tipo de interés real (r) se mantiene por encima de la tasa de crecimiento de la economía (g) de forma crónica -algo que ocurre cuando los bancos centrales operan con metas de inflación demasiado rígidas y tipos artificialmente elevados ante un r* deprimido-, el resultado es un lastre permanente sobre la inversión privada y cae el consumo.
Sin esperar a que estalle una nueva recesión, la insistencia ciega en recetas de ajuste contractivo nos empuja directamente hacia un estancamiento secular. Nos hace perder comba frente a potencias que entienden mejor la dinámica monetaria y la necesidad de flexibilidad macroeconómica.
La lección de Friedman y los datos sin estrategia
Aquellos que acusan de ignorar la evidencia suelen escudarse en modelos y datos del pasado mal interpretados, o que no responden a ninguna estrategia de política útil. Un conjunto de datos históricos, por muy sofisticado que parezca, no sirve absolutamente para nada si se aplica descontextualizado o si no genera un marco operativo capaz de resolver los retos del presente.
Frente a esa resistencia, conviene recordar la aportación clásica de Milton Friedman. En su propuesta sobre la estabilidad monetaria, Friedman defendía que las reglas de los bancos centrales deben diseñarse para garantizar un entorno predecible -como su famoso rango de crecimiento monetario anual de entre el 2% y el 6%-, evitando que la economía quede a merced de la discrecionalidad política a corto plazo. Tal como se examina en este vídeo sobre la regla monetaria de Friedman,
este enfoque refuerza la tesis del post por dos razones fundamentales, aunque pueda extrañar a algunos: primero, porque demuestra que las normas monetarias nunca fueron dogmas sagrados e inalterables, sino herramientas diseñadas para adaptarse y prevenir crisis sistémicas; y segundo, porque evidencia que, ante un tipo neutral (r*) permanentemente deprimido, mantener una regla de inflación del 2% ya no protege la estabilidad, sino que destruye el margen de maniobra necesario para que los bancos centrales actúen con eficacia.
O repensamos los objetivos macroeconómicos basándonos en la evidencia y el análisis estructural, o seguiremos gestionando las crisis del siglo XXI con manuales y modelos obsoletos.
Post relativos al tema:
Cuando la deuda crece más rápido que la economía… y lo que eso nos enseña del dinero
¿Es hora de jubilar el dogma del 2% de inflación? El precio de una obsesión.
