
Es un dicho popular que la inflación produce sus efectos rápidamente y que luego viene la inflación de segunda ronda y de tercera ronda. Cumpliéndose el efecto Hume-Cantillon: quién está más cerca del emisor y pilla antes el dinero, tiene la ventaja temporal del efecto inflacionario de la emisión monetaria, pero su efecto comienza nada más aparecer en el mercado y lo que es cierto es que tiene varias oleadas de afectación, pero eso de los rezagos de 18 a 24 meses es simplemente, una mentira de economista que cuando levanta la vista, sólo ve la puerta del despacho de su departamento y nunca han tenido una responsabilidad de gestión en ningún tipo de organización económica ni micro ni macro.
Como todos sabemos -hasta los más recalcitrantes monetaristas y austriacos que no están a sueldo- la inflación es multicausal y, hoy en día, excepto que hablemos de un país como Argentina o Venezuela, no es mayoritariamente un problema monetario sino del resto de causas como son los costes también debidos a varias causas o por problema de oferta por causas geopolíticas, como vemos ahora.
Para entender por qué nos siguen vendiendo la milonga de los rezagos de casi dos años, hay que bajarse del pedestal académico y mirar la economía real, la de trinchera. El argumento oficial de los bancos centrales siempre ha sido el mismo: «Subimos los tipos hoy para enfriar la economía dentro de dieciocho meses». Conveniente, ¿verdad? Es el escudo perfecto para justificar cualquier error de previsión. Si la inflación no baja, es que «aún no se han sentido los efectos de la política monetaria». Si la economía entra en recesión, «es un daño colateral imprevisto por culpa de shocks externos».
La realidad en el tejido empresarial es radicalmente distinta. En el momento en que el coste de la energía se dispara por tensiones geopolíticas, o cuando las materias primas escasean, el director financiero de cualquier empresa mediana no espera año y medio para ajustar sus presupuestos. Lo hace por la tarde. El traspaso de costes a los precios finales —lo que conocemos como inflación de oferta o de costes— se produce de forma casi instantánea en sectores con márgenes estrechos.
Aquí es donde el efecto Hume-Cantillon se manifiesta de forma inversa en la era del dinero fiat y los mercados interconectados. Quien está al final de la cadena de valor (el consumidor y la pequeña empresa) sufre el impacto inmediato de la subida de precios, mientras que los mecanismos de transmisión de la política monetaria de los bancos centrales se quedan atrapados en los balances del sistema bancario, tardando meses en drenar la liquidez del circuito real. La asimetría es brutal.
La falacia del monocultivo monetario
El error de los monetaristas más ortodoxos es tratar la inflación como un fenómeno de laboratorio, un sistema cerrado donde solo importa la variable M (la masa monetaria) en la ecuación de intercambio de Fisher:
M . V = P . Q
Asumen que la velocidad del dinero (V) y la producción (Q) son constantes o predecibles, por lo que cualquier aumento de precios (P) se debe exclusivamente a la máquina de imprimir billetes. Pero el mundo real no es un modelo matemático. Hoy en día, la inflación se alimenta de la fricción: cuellos de botella en el comercio marítimo, transiciones energéticas forzadas que encarecen el kilovatio antes de que la alternativa sea viable, y la fragmentación de los bloques comerciales globales.
Cuando los costes de producción aumentan debido a un conflicto geopolítico o al encarecimiento crónico de los fletes, culpar únicamente a la emisión monetaria es errar el diagnóstico. Una subida de tipos de interés no va a hacer que llueva en las zonas agrícolas afectadas por la sequía, ni va a abrir de golpe rutas comerciales bloqueadas. Lo único que consigue una política monetaria contractiva mal calibrada en un entorno multicausal es deprimir la demanda a base de asfixiar financieramente a las familias y a las empresas, provocando una estanflación que los manuales de economía decían que era imposible.
La inflación de segunda y tercera ronda no son «rezagos» pasivos de la emisión de hace dos años; son las réplicas dinámicas de las empresas intentando sobrevivir a la pérdida de margen actual y de los trabajadores exigiendo cláusulas de revisión salarial para no perder poder adquisitivo hoy. La inflación real se mueve a la velocidad del pánico y de la necesidad, no al ritmo cansino de los informes trimestrales del banco central. Es hora de actualizar los modelos o, mejor aún, de empezar a escuchar a quienes fijan precios todos los días en el mercado en lugar de a quienes solo los proyectan en un PowerPoint.
Finalmente y atendiendo al dinero bancario generalizado en el mercado y que los bancos son especialistas en scoring que ejecutan a rajatabla, si el demandante es solvente o tiene colateral suficiente, se lo conceden y si no, no. Este procedimiento provoca que la distribución del dinero bancario no sea homogéneo y que los demandantes de bajo salario, colateral, etcétera, no suelan conseguirlos a pesar de la innovación o la idoneidad del proyecto. Este proceso refuerza la ley Hume-Cantillon por la proximidad a los bancos y facilidad en conseguir el dinero bancario.
