
La historia del pensamiento económico está llena de burócratas aburridos y académicos de despacho. Pero rara vez nos encontramos con un perfil que combine el instinto de un operador de mercados de alta frecuencia, la visión estratégica de un magnate y la lucidez teórica para cambiar las reglas del juego mundial. Hablamos de David Ricardo.
El exilio, la ruina familiar y la City
Nacido en Londres en 1772 en el seno de una familia judía sefardí, David era el tercero de diecisiete hermanos. Su padre, un próspero corredor de bolsa, esperaba que el joven siguiera sus pasos tradicionales en la finanza ortodoxa. Sin embargo, a los veintiún años, Ricardo cometió el «delito» de casarse fuera de la fe y con una mujer sin fortuna.
La respuesta familiar fue tajante: su padre lo desheredó por completo.
Sin un centavo en el bolsillo pero con el cerebro bien amueblado y un profundo conocimiento de la trastienda financiera, David se lanzó a la City de Londres con recursos propios mínimos. En pocos años, operando en el mercado de valores y como contratista de préstamos gubernamentales, demostró una habilidad quirúrgica para el riesgo. Cuando aún no soplaba las treinta velas, ya era más rico que su propio padre.
El «golpe» de Waterloo: ¿Héroe o especulador?
Este es el momento más cinematográfico de su biografía. En 1815, con la sombra de Napoleón cerniéndose sobre Europa, el ambiente en Londres era de pánico absoluto ante la inminente Batalla de Waterloo. Si el emperador francés ganaba, los bonos del Estado británico -la deuda públic- no valdrían ni el papel en el que estaban impresos.
Mientras la masa vendía de forma desesperada por puro pánico, Ricardo hizo lo contrario. Compró cantidades masivas de deuda pública británica a precios de saldo absoluto. A diferencia de mitos como el de los Rothschild, no operaba con información privilegiada mágica, sino con una lectura fría de las probabilidades militares y económicas. Entendía la capacidad de resistencia del sistema británico mejor que nadie. Cuando llegó el jinete con la noticia de la victoria de Wellington, el valor de los bonos se disparó de inmediato. En una sola jornada, Ricardo amasó una fortuna equivalente hoy a decenas de millones de euros. Acto seguido, se retiró de los negocios privados diciendo que ya tenía «suficiente».
De la Bolsa al Parlamento: la contradicción del liberal
Con la vida resuelta, compró una mansión en Gatcombe Park y un escaño en el Parlamento. Lejos de sentarse a disfrutar de la renta, se convirtió en el ariete de la nueva burguesía industrial frente al viejo modelo terrateniente, defendiendo a ultranza el libre mercado y la no intervención del Estado.
Sin embargo, como tantos apóstoles acérrimos del laissez-faire, aplicaban una doble vara de medir: decían una cosa en público y hacían otra puertas adentro. En nombre de la libertad individual y la eficiencia, muchos industriales de la órbita clásica –en sintonía con teóricos como Jean-Baptiste Say– evitaban pagar el jornal el viernes. ¿El motivo? Retenían el salario hasta el lunes para impedir que los trabajadores se lo gastaran en la taberna y flaquearan en la línea de producción. La libertad de mercado era sagrada para los contratos globales, pero el paternalismo autoritario mandaba en la fábrica.
Su gran legado: la Ventaja Comparativa
Para desmontar el proteccionismo agrario (Corn Laws), formalizó uno de los conceptos más potentes de la ciencia económica: la Ventaja Comparativa (diferente a la ventaja competitiva que pelea por el valor superior, mientras que la comparativa lo hace por el menor coste). Demostró matemáticamente que, incluso si un país es peor produciendo todo, le conviene especializarse en lo relativo y comerciar. Es la piedra angular de la globalización.
La ironía histórica
Ricardo murió prematuramente a los 51 años por una infección de oído. Lo fascinante es que, siendo el gran arquitecto del capitalismo de mercado, sus tesis sobre el valor del trabajo sirvieron años después de munición para que Karl Marx desarrollara su teoría de la explotación mediante la teoría objetiva del valor-trabajo, que sostiene que el valor de un bien o mercancía está determinado por la cantidad de trabajo humano necesario para producirlo. Adam Smith, también defendió esta teoría, aunque con matices importantes. Mientras que la teoría del trabajo busca el origen del valor en un factor medible y externo al individuo (los costos y/o el esfuerzo de producción), la teoría subjetiva sitúa el valor enteramente en la mente del consumidor.
Sin pretenderlo, el lobo de Wall Street del siglo XIX diseñó las herramientas intelectuales que sus mayores críticos utilizarían para intentar derribar el sistema.
