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La deuda pública no es una hipoteca: mitos económicos destapados

Cuando el experto de barra de bar con amigos, no sabe de qué hablar, le llega una infografía de la deuda pública mundial sin diferenciar si son países con soberanía monetaria o no, y dice: ¡Ya lo tengo, qué gran tema! Ahí va la frase del milenio: «Si una familia gasta más de lo que ingresa, quiebra. Lo mismo le pasa a un país». Nos lo han repetido tantas veces que parece de sentido común. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay entre las cuentas de nuestra casa y las de un ministerio? Pues mucha, porwue resulta que, en economía, comparar la deuda de un país con la hipoteca que firmas para comprarte un piso es, sencillamente, comparar peras con manzanas.

Para entender por qué esta metáfora hace aguas, basta con mirar los cimientos de ambos conceptos. Empecemos por lo básico: el factor temporal. Cuando tú firmas una hipoteca a treinta años, sabes perfectamente que tienes una fecha de caducidad. El banco te exige liquidar ese préstamo antes de que te jubiles, porque tus ingresos van a caer en picado. Tu vida financiera tiene un límite.

Un Estado, en cambio, no tiene fecha de caducidad. Los países no se jubilan ni desaparecen (salvo catástrofes históricas muy puntuales). Por eso, un gobierno jamás necesita «pagar toda su deuda y quedarse a cero». Lo que hace el sector público es algo impensable para una familia: refinanciarla de manera constante. Cuando un bono del Estado vence, se emiten otros nuevos que los inversores compran alegremente. Es una rueda que gira de forma permanente.

¿A quién le debemos realmente el dinero?

Aquí viene otro de los grandes malentendidos. Cuando te hipotecas, el dinero se lo debes a un banco ajeno a ti; si dejas de pagar, te mandan al juzgado y te quitan la casa. Es una relación de dependencia directa con un acreedor externo.

En el caso de la deuda pública, el escenario es radicalmente distinto. Una porción enorme de los bonos que emite un país está en manos de inversores locales: bancos del propio país, fondos de pensiones de los trabajadores, aseguradoras y ciudadanos particulares. Como suele decirse con cierta gracia, una parte muy importante de la deuda «nos la debemos a nosotros mismos». El dinero no se volatiliza ni se lo lleva un ente malvado a otro planeta; circula dentro del propio sistema económico.

Además, piensa en las herramientas de las que dispone cada uno. Si una familia se ahoga con las cuotas del piso, su margen de maniobra es estrecho: recortar gastos en el supermercado, buscar un trabajo extra o cruzar los dedos para que les suban el sueldo. Su capacidad para generar ingresos está fuertemente acotada.

Poderes que una familia ni imagina

Un Estado juega en otra liga completamente diferente. Para empezar, tiene el poder de ajustar los ingresos a través de la política fiscal. Si necesita recaudar más, puede modificar impuestos o diseñar estrategias para incentivar el crecimiento económico, ensanchando la base sobre la que recauda.

Pero es que, además, los gobiernos que emiten deuda en su propia moneda cuentan con el respaldo de sus instituciones financieras y bancos centrales. Aunque es evidente que un endeudamiento descontrolado genera tensiones inflacionarias o problemas de credibilidad en los mercados internacionales -y no estamos hablando de barra libre sin consecuencias-, usar el miedo a la «quiebra del Estado» comparándolo con una economía doméstica es un ejercicio de desinformación e ignorancia macroeconómica.

La próxima vez que escuches a alguien agitar el fantasma de la hipoteca estatal para justificar recortes o asustar al personal, recuérdale que las reglas de juego de la macroeconomía no tienen nada que ver con las de la libreta de ahorros de nuestra casa. Entender esto es el primer paso para no tragarnos los dogmas económicos que solo buscan simplificar lo que, en realidad, es una maquinaria infinitamente más compleja.

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