En economía no existen los milagros, solo los intercambios de problemas (trade-offs).

Existe un fenómeno destructivo en la gestión de sistemas complejos: la paradoja de la intervención a ciegas. Ocurre cuando tomas una decisión drástica para corregir una variable crucial y desatas una reacción en cadena que termina devorando a las demás. En economía no existen los estados de reposo, solo un continuo intercambio de problemas. Como en un efecto globo, el aire que quitas de un lado se desplaza inmediatamente al otro. Y si aprietas demasiado, todo el esquema se fractura.
Esta dinámica encadenada es la que define la trampa del actual ajuste económico en Argentina.
La ilusión de la primera ficha que mueves. Afilar la tijera
El diagnóstico inicial era innegable: la inflación desbocada destruía el tejido social. La respuesta fue una política de shock destinada a secar la plaza: congelar el gasto público, frenar la obra estatal y pisar la liquidez para mostrar un promocionado superávit.
Sin embargo, para conseguir esa primera foto de «números en verde», el relato oficial recurrió a la ingeniería contable. Se festejó un superávit primario que ignora los astronómicos intereses de la deuda y el coste de sostener la «bicicleta financiera» para congelar el dólar. La primera ficha del dominó había caído, pero la inercia ya estaba en marcha.
El efecto dominó: del bolsillo al consumo
Al retirar el flujo de dinero y congelar los ingresos frente a la subida acumulada de precios, la cadena de consecuencias golpeó de lleno a la economía real: el consumo se desplomó.
Sin ventas, el comercio se ahoga y la industria se paraliza. Las empresas respondieron ajustando personal, reduciendo jornadas e interrumpiendo la cadena de pagos. El crédito dejó de ser una herramienta de inversión para convertirse en un salvavidas de subsistencia: las familias se vieron obligadas a endeudarse solo para cubrir la cesta de la compra y los servicios básicos.
Este nuevo crédito -vía préstamos y uso masivo de tarjetas- creó masa monetaria bancaria, algo que los monetaristas cegados por el dogma insisten en negar. Pero lo peor vendrá después, cuando haya que devolver ese dinero, porque la deuda privada de hoy es la contracción de mañana. De hecho, ya está pasando y la mora se está disparando.
La metamorfosis del relato y el retorno de la trampa
Aquí es donde la cadena se cierra sobre sí misma. La parálisis de la actividad hundió la recaudación de impuestos, lo que obligó a apretar aún más la tijera solo para sostener la ficción de la caja. En paralelo, la narrativa oficial comenzó a hacer malabarismos: de prometer a bombo y platillo una «inflación cero», se pasó al «que empiece por cero» y, finalmente, al truco de poner el foco en la inflación mayorista. Pero la gente ya ha abierto los ojos: la desaceleración no es bajar la inflación, y la inflación acumulada sigue triturando el poder adquisitivo de la población.
El choque con la realidad
Al final, los experimentos de laboratorio y las promesas de mesianismo económico chocan de frente con la realidad: no existen los atajos mágicos. Creer que la estabilidad se construye sobre la parálisis del mercado interno es una fantasía tan ingenua como destructiva. Los ajustes salvajes no sanan a un país, solo empobrecen a su gente, acaban con las empresas y liquidan el consumo que mantiene vivo el motor productivo. Sin mercado no hay futuro, y pretender salvar la economía destruyendo a quienes la sostienen cada día no es un plan de desarrollo, es simplemente una autopsia programada.
La novedad de estas medidas era el formato shock frente al gradualismo empleado en anteriores ocasiones. Pero el shock destruye el tejido productivo y la paz social a un coste inaceptable; mientras que el gradualismo tampoco funcionó: tardó más en llegar al colapso, pero su final fue igual de triste.
¿Por qué? Porque hay una serie de nudos estructurales que ningún gobierno ha logrado desatar en décadas:
La bimonetariedad: El amor al dólar se convirtió en la moneda real para ahorrar, fijar precios e inmuebles y refugiarse. Esto genera un círculo vicioso: en cuanto la gente tiene un peso en la mano, corre a comprar dólares, lo que devalúa el peso aún más y realimenta la inflación.
Una economía poco competitiva: No se consigue resolver la falta de competitividad matando la industria por recesión. Se requieren años de orientación hacia la innovación y mejora de la gestión (resulta paradójico que la agroindustria sea infinitamente más competitiva que la manufacturera).
Una economía informal desbocada: Con una economía en negro cercana al 50%, la presión fiscal aplasta a un porcentaje reducidísimo de sujetos (tanto personas físicas como empresas), agotando el sistema.
La trampa de «la grieta»: La polarización extrema impide alcanzar consensos transversales y acuerdos de Estado duraderos. Hace falta urgentemente un espacio amplio de centro, centro izquierda y/o centro derecha, que aporte racionalidad y continuidad.
¿Qué dirán quienes defendieron y defienden a ultranza un modelo de laboratorio, diseñado sin experiencia en la macroeconomía real, cuando el castillo de naipes termine de colapsar? La hemeroteca y las redes estarán ahí para recordarlo.
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