Entender la inflación únicamente como un «error técnico» de un banco central es quedarse en la superficie. Ante todo, es un conflicto de intereses donde la capacidad de adaptación determina quién se queda con la tajada más grande del pastel.

Llevamos décadas escuchando el mismo dogma, que ya hay que tener ganas de creérselo. Sí, el que la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario. Nos han repetido hasta la saciedad que si los precios suben es porque los bancos centrales le han dado con alegría a la máquina de imprimir billetes y hay demasiado dinero persiguiendo muy pocos bienes. Es una explicación bonita, matemática y fácil de vender, pero en el siglo XXI es completamente falsa. Quien ha trabajado fijando precios en una empresa o entiende cómo se toma una decisión en las empresas, sabe perfectamente que nadie mira los datos de masa monetaria para cambiar la etiqueta de un producto. La economía real no funciona con los modelos teóricos del siglo XVI, cuando la entrada masiva de plata americana chocaba contra una producción agrícola rígida y encarecía el trigo de forma automática. Hoy la mayor parte del dinero la crean los bancos comerciales mediante el crédito y, sobre todo, los precios no se mueven por ecuaciones lineales de oferta y demanda, sino que se fijan en hojas de cálculo -si no en la IA- buscando márgenes objetivo y aprovechando la narrativa del mercado.
Cuando los titulares de prensa abren con el ruido de la inflación o con un shock energético, ocurre un fenómeno psicológico inmediato: la resistencia del consumidor a aceptar subidas cae bruscamente. Las empresas no suben precios únicamente porque sus costes hayan aumentado en esa proporción exacta, sino porque aprovechan esa ventana de aceptabilidad para proteger o incluso expandir su margen. La expectativa de inflación no previene el problema, sino que lo crea, convirtiendo la fijación de precios en un ejercicio de anticipación estratégica donde la psicología colectiva pesa más que la cantidad de billetes en circulación.
A partir de ahí se desencadena la verdadera batalla de la inflación moderna, que no es otra cosa que un conflicto distributivo sobre quién paga la factura cuando la economía se vuelve más pobre por un shock exógeno. Cuando el petróleo, el gas o los componentes importados se encarecen, las corporaciones con poder de mercado reaccionan de inmediato trasladando el cien por cien del golpe al consumidor final para blindar su rentabilidad unitaria. Los trabajadores, golpeados por la pérdida de poder adquisitivo, tardan meses o años en exigir compensaciones salariales debido a la lentitud de la negociación colectiva. Y cuando finalmente logran una subida, las empresas vuelven a encarecer sus productos excusándose en el aumento de los costes laborales. La inflación, por tanto, no es un exceso de liquidez flotando en el aire, sino la expresión contable de una pelea entre márgenes empresariales y salarios por ver quién absorbe el impacto de la escasez.
En este tablero, el Estado juega con un conflicto de intereses evidente, pues aunque condene públicamente la subida de precios, se beneficia de ella a corto plazo a través de una recaudación récord por impuestos indirectos como el IVA y mediante la erosión silenciosa de la deuda pública, cuyo valor real se diluye a medida que el PIB nominal se infla. Sin embargo, intentar resolver este desajuste mediante una indización simétrica total -subiendo por ley salarios, precios y recaudación en el mismo porcentaje- solo traslada el problema al sector exterior. En una economía abierta, si tus costes internos suben automáticamente mientras los de tus competidores no lo hacen, tus exportaciones colapsan o te ves obligado a devaluar la moneda continuamente, generando un bucle de inflación importada. Además, al congelar el ajuste por vía salarial durante una crisis, las empresas en pérdidas no tienen más opción que ajustar por cantidad, provocando despidos masivos y disparando el desempleo.
Subir los tipos de interés de forma agresiva para frenar la demanda es el único freno que conocen los bancos centrales, pero es un remedio ciego que combate el síntoma destruyendo la actividad y empujando a los trabajadores al paro. La inflación actual no se explica por un descuido en la imprenta del banco central, sino por un sistema donde los shocks reales de oferta chocan contra oligopolios con capacidad para fijar precios, impulsados por la psicología de masas y tolerados por un Estado que hace caja con el desajuste. Mientras sigamos analizando el problema con las anteojeras del monetarismo del siglo pasado, seguiremos aplicando la medicina equivocada a una economía que responde a reglas radicalmente distintas.
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