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¿Sabía Copérnico qué es lo central y qué es lo que gira alrededor de la inflación?

¡Seguro que sí! Sin embargo, hoy parece que estamos viviendo un retroceso en la claridad de ideas respecto a la inflación. Mientras las teorías modernas dan vueltas erráticas alrededor de sus causas, todos los indicios -al menos, es lo que dice algunos- se enfocan hacia la excesiva oferta monetaria. No es un descubrimiento reciente; ya lo adelantó la Escuela de Salamanca hace quinientos años. Aquellos teólogos y juristas, al observar la llegada masiva de metales preciosos -muchas veces ya en monedas acuñadas- de América, entendieron antes que nadie que el valor del dinero es dinámico. Copérnico, en su tratado «Monetae cudendae ratio« (Sobre la acuñación de monedas), también explicó con precisión la relación entre la expansión de la moneda y el alza de precios. Aunque la economía ha evolucionado hacia una complejidad asombrosa, los cimientos naturales de estos fenómenos parecen ser inamovibles para algunas escuelas y movimientos.

La inflación: ¿Criminal o sospechosa habitual?

En los sistemas complejos, la cuestión monetaria siempre será la principal sospechosa del crimen, aunque a veces no sea la asesina material directa. A menudo, es el mal uso de ese aumento de liquidez lo que dispara los precios. Cuando la liquidez es abundante, se facilita la compra y la demanda se dispara; ante este escenario, muchos agentes prefieren subir precios antes que embarcarse en el riesgo de fabricar una mayor cantidad de bienes.

La lógica monetarista dice eso:: los precios suben porque el dinero ha perdido valor debido a la utilidad marginal decreciente. Al haber más unidades de dinero en circulación, cada unidad adicional nos reporta menos utilidad y, por tanto, vale menos. Los precios simplemente se reajustan para intentar mantener el valor real de intercambio.

No obstante, como le decía el otro día a mi amigo Félix: la expansión monetaria suele ser el arma del crimen, pero no es el asesino.

El debate actual: ¿Ha muerto el mantra de Friedman?

Esta reflexión viene inducida por una reciente intervención de Isabel Schnabel, miembro del Comité Ejecutivo del BCE. Resulta sorprendente que los «guardianes» de la estabilidad de precios estén girando la vista hacia otras causa desde hace tiempo. Schnabel sugiere que el famoso mantra de Milton Friedman —«La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario»— no es totalmente cierto o, al menos, no se cumple de forma matemática uno a uno, ni siempre ni en todo lugar.

Ella expone el caso de la post-pandemia: la masa monetaria (M1) aumentó un 30%, pero la inflación subió aproximadamente un tercio de ese porcentaje. Decir que la inflación es siempre un fenómeno monetario es una astuta trampa dialéctica. Es como afirmar que la paella es, ante todo, un ‘fenómeno culinario’. Técnicamente es irrebatible: sea de marisco, de carne o de verduras, siempre ocurre en una cocina y se come. Pero usar ese genérico sirve para ocultar lo importante: qué ingredientes han provocado ese resultado. Friedman utiliza la obviedad de que la inflación afecta al valor del dinero para hacernos creer que su única causa es la expansión monetaria, del mismo modo que sería absurdo ignorar los ingredientes de una paella solo porque, al final del día, todo sea «cocina». Aunque intervengan factores como la codicia, el coste de la energía, la expectativa de inflación, el acelerador del interés compuesto o los cuellos de botella, el escenario base siempre se construye sobre el ámbito monetario. siempre hablamos del valor del dinero. ¡Qué pícaro fue Milton!

De la astronomía a la Ley de Gresham

Copérnico no solo percibió la inflación al igual que la Escuela de Salamanca, sino que también observó lo que más tarde se conocería como la Ley de Gresham: «El mal dinero expulsa al bueno». Esta ley describe un comportamiento humano universal que yo mismo viví en la República Argentina allá por el año 2000. En aquel entonces, con una paridad teórica entre el dólar y el peso, yo pagaba con dólares y el cambio siempre me lo daban en pesos. La gente se deshacía de la moneda menos preferida y atesoraba la que consideraba una verdadera reserva de valor.

El reto del futuro digital

Nos acercamos a una era de dinero digital donde estas lecciones históricas son más relevantes que nunca. Debemos dominar estos conceptos para entender cómo impactarán los efectos fiscales indirectos en nuestra economía. Por ejemplo: ¿cómo afecta a la inflación lo que el gobierno paga a sus empleados en un entorno de moneda digital controlada?

Diferenciar las falsedades interesadas de la realidad económica es el gran reto de nuestra época. Al final, por muchas vueltas que den los planetas de la teoría económica y de la monetaria, Friedman siempre quiso convencer al mundo de que la inflación se cura recortando el dinero (y el gasto público), cuando a veces lo que hay es un problema de «ingredientes» (costes de la oferta).

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