
Cuando una economía entra en una espiral de precios, la receta ortodoxa/monetarista/austriaca suele ser la primera en salir del cajón: recorte del gasto, tipos de interés por las nubes y freno en seco a la emisión de moneda. La lógica de pizarra es implacable, si hay menos dinero persiguiendo los mismos bienes, el ritmo de aumento de los precios tiene que caer por pura gravedad. Sin embargo, existe un abismo conceptual entre bajar la inflación y recomponer los precios relativos, y es en ese vacío donde muchas gestiones terminan en el estancamiento o en la deflación por inanición.
Bajar la inflación es, en esencia, reducir la velocidad a la que sube el promedio estadístico de los precios. Pero una economía sana no solo necesita que el promedio no suba, sino que los precios internos tengan sentido entre sí. Durante los periodos de alta inflación, los precios se rompen: la energía tal vez está artificialmente barata por subsidios, el transporte congelado por política y los salarios por el suelo, mientras que los alimentos vuelan. Aquí es donde entra el concepto de sincerar que usan los economistas.
Sincerar no es más que un término técnico para referirse a la eliminación de las distorsiones acumuladas. Es el proceso por el cual el Estado deja de intervenir y permite que el precio de la electricidad, el gas o los carburantes refleje su coste real de producción o de importación en el mercado global. El problema es que este retorno a la realidad suele ser traumático. Cuando la Administración decide que ya no puede sufragar el déficit y retira las subvenciones, el recibo de la luz puede multiplicarse de la noche a la mañana. Sincerar es, en definitiva, obligar a los precios a decir la verdad, por amarga que sea. Como dice Serrat: «Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio».
El gran conflicto del ajuste ortodoxo surge cuando, mientras el banco central aplica el rigor monetario para enfriar la inflación, el «sinceramiento» de las tarifas lanza un choque de costes brutal sobre una economía que ya no tiene demanda. Las empresas se encuentran en una situación asfixiante, sus costes de explotación (energía, logística e insumos vinculados a divisas) se disparan para ajustarse a la realidad del mercado, pero son incapaces de repercutir esa subida en sus precios de venta porque el consumo está bajo mínimos. La liquidez ha desaparecido.
Aquí es donde aparece el riesgo de la estanflación persistente y, finalmente, el colapso de la actividad económica. Si el ajuste se limita exclusivamente a la restricción monetaria y no se acompaña de reformas que incentiven la productividad o alivien la presión fiscal, la inflación bajará, sí, pero lo hará por la parálisis total del sistema. Es la estabilidad de un entorno inerte: los precios dejan de subir simplemente porque ya no hay capacidad de compra.
Para evitar este desenlace, la historia económica sugiere que el torniquete monetario no basta. Se requieren pactos de rentas que coordinen expectativas y reformas estructurales que permitan que, una vez que los precios dicen la verdad, el sector privado tenga incentivos reales para invertir y no solo para sobrevivir. El éxito de un plan económico no reside en ver un dato de inflación bajo a cualquier precio, sino en conseguir que, una vez estabilizada la moneda, los precios relativos permitan que una empresa sea viable y que el poder adquisitivo sea real. Sin ese equilibrio, el ajuste es solo una intervención quirúrgica donde se celebra el fin de la fiebre mientras el paciente ha dejado de tener pulso. Lo que los economistas llaman: La paz del cementerio.
En esta misma semana, la segunda parte de este tema: ¿Es hora de jubilar el dogma del 2% de inflación? El precio de una obsesión (2 de 2)
