Lucas, las expectativas y la promesa de la autorregulación

Robert Lucas Jr., premio Nobel de Economía en 1995, ha sido una figura central de la macroeconomía moderna y uno de los principales arquitectos del mainstream contemporáneo. Historiador de formación, su influencia se consolida tras la crisis del keynesianismo de posguerra y el agotamiento del monetarismo. Después de la síntesis neoclásica de Hicks-Hansen-Samuelson, con Keynes en el corto plazo y equilibrio clásico en el largo, y del monetarismo de Friedman, Lucas llevó este enfoque un paso más allá durante los años finales de los setenta y los ochenta mediante una formalización matemática extrema y la introducción de la Hipótesis de las Expectativas Racionales (ER), sentando las bases de la Nueva Macroeconomía Clásica.
En los años noventa, los nuevos keynesianos reaccionaron frente a la macroeconomía de Lucas plantearon rigideces nominales y determinados fallos de mercado, pero sin cuestionar sus supuestos fundamentales. Mantuvieron los microfundamentos, la hipótesis de expectativas racionales y el enfoque formal heredado del nuevo clasicismo. De este compromiso surgió la llamada Nueva Síntesis neokeynesiana, basada en modelos DSGE y reglas de política monetaria (Taylor, inflación objetivo…), que pasó a dominar tanto la academia como la práctica de la política económica.
Este post se centra precisamente en la propuesta de Lucas, en su persistencia dentro del mainstream y en los riesgos derivados de su uso normativo. La teoría asume expectativas formadas de manera autónoma, eficiente y no sesgada; en la práctica, esas expectativas están mediadas, inducidas y disciplinadas institucionalmente.
Expectativas racionales: ¿Qué cambió realmente?
Antes de los años setenta dominaban las expectativas adaptativas, se asumía que los agentes extrapolaban el pasado. Si la inflación había sido del 5 %, se esperaba que siguiera siéndolo. Este supuesto permitía a los gobiernos sorprender sistemáticamente a la población, reduciendo el desempleo a costa de algo más de inflación.
Lucas, apoyándose en John Muth, rompió con este enfoque al afirmar que los agentes no son ingenuos. No solo observan el pasado, sino que utilizan toda la información disponible, incluidas las intenciones anunciadas por el gobierno. Las expectativas racionales descansan sobre tres pilares: uso amplio de la información, ausencia de errores sistemáticos y comportamiento como si los agentes dispusieran de un modelo correcto de la economía.
El planteamiento es internamente coherente, pero se apoya en una abstracción radical: la exclusión deliberada de la psicología humana y de la racionalidad limitada. Esta decisión metodológica -presentada como una virtud analítica- sería más tarde cuestionada por la economía conductual, que mostró que los sesgos cognitivos no son anecdóticos ni aleatorios, sino persistentes y sistemáticos. El ser humano dista mucho del homo economicus implícito en el marco lucasiano.
Sobre estos supuestos, el mercado tendería a autorregularse y la política económica discrecional sería ineficaz. No se critica aquí a Lucas como individuo, sino el uso normativo y político de su marco teórico: reglas fijas, credibilidad entendida como disciplina, ausencia de sorpresas y confianza en que el mercado se ajuste por sí solo.
¿Quién forma las expectativas?
Aquí emerge el punto ciego fundamental de la teoría. En el modelo de Lucas, las expectativas surgen de manera descentralizada y neutral. En la realidad, se forman a través de canales muy concretos: ministerios económicos, bancos centrales y sus servicios de estudios, grandes bancos, consultoras, organismos internacionales y medios económicos especializados. Todas estas entidades operan con incentivos claros -reputación, contratos con el Estado, carreras profesionales de los directivos, puertas giratorias- y producen información que dista de ser neutral.
El resultado es la generación de expectativas inducidas que son aparentemente racionales desde el punto de vista individual, pero construidas sobre un marco informativo institucionalmente sesgado. Las narrativas económicas oficiales forman parte de este proceso y reducen de forma sistemática el espacio para el pensamiento crítico.
De ahí surge una disonancia cognitiva macroeconómica: el contraste entre expectativas oficiales -crecimiento potencial, inflación bien anclada, mercados laborales dinámicos- y la experiencia cotidiana de la mayoría de la población de estancamiento, precariedad, pérdida de poder adquisitivo, dificultades de acceso a la vivienda y endeudamiento estructural. Cuando el relato macro no encaja con la vivencia micro, el problema no es marginal ni coyuntural.
El mercado autorregulado en el discurso
La hipótesis de expectativas racionales refuerza la idea de mercados eficientes, intervención mínima y ajustes automáticos. Pero si las expectativas están inducidas, el mercado no se autorregula: se legitima políticamente. No se trata de un fallo del sistema, sino de una narrativa funcional al sistema. La teoría de Lucas describe un mundo que solo existe mientras todos crean en él.
Lucas tenía razón… en un mundo que no existe
El valor analítico de Lucas e innegable y buena parte de su metodología sigue vigente. En ese sentido, ganó la batalla metodológica. Pero su marco ignora elementos esenciales del funcionamiento real de la economía: el poder, los incentivos, las instituciones dominantes y la producción social de expectativas. Por ello, perdió la batalla empírica y normativa.
La evidencia es contundente: inflación persistentemente baja pese a expansiones monetarias, desempleo rígido, crisis recurrentes, mercados financieros inestables y políticas monetarias con efectos reales significativos. Si las expectativas fueran plenamente racionales, las burbujas deberían ser raras y las crisis excepcionales. Ocurre exactamente lo contrario, el modelo no colapsa, pero deja de explicar lo que pasa en realidad.
La crisis de 2008 marcó el punto de ruptura definitivo. A ello se sumó la economía conductual, que mostró que los errores no son aleatorios y que los sesgos son persistentes. Si los errores son sistemáticos, la neutralidad de la política desaparece.
Desde entonces, los bancos centrales han abandonado de facto las expectativas racionales puras y hablan de forward guidance, anclaje de expectativas y comunicación estratégica. Si las expectativas fueran realmente racionales, no habría necesidad de gestionarlas.
La teoría de Lucas no murió porque fuera falsa, sino porque describía una economía abstraída de elementos esenciales del mundo real. En su marco, los agentes interactúan en un entorno sin poder, sin instituciones que dominen la producción de información y sin un sistema financiero endógeno. En esa economía estilizada, las expectativas pueden formarse de manera autónoma y eficiente. Pero esa economía no existe.
Como prueba final, recuerden el mensaje central del post y cuando vea quiénes son los que están retocando -al alza- constantemente el PIB español. En este mes ya se han manifestado aumentando décimas para el PIB de final de año. ¿Qué pretenden? Ya lo hemos comentado.
