Cuando el relato no explica la realidad

Escuchas los telediarios, la radio, lees periódicos, webs supuestamente especializadas y, aun así, tienes la sensación de no entender qué está ocurriendo realmente. No es una percepción individual, el mundo se ha vuelto tan complejo -y el ruido informativo tan intenso- que cada vez es más difícil distinguir los hechos de los relatos, e incluso acercarse a la verdad.
Lo ocurrido en los últimos días en torno a Venezuela -presentado oficialmente como una cuestión judicial y política- tiene, en realidad, un trasfondo económico y monetario mucho más profundo. El petróleo y el oro venezolanos son solo la superficie. Debajo de ese velo se está produciendo algo más relevante: la erosión del sistema monetario dominado por el dólar y la búsqueda de un nuevo orden financiero internacional, con China y los países BRICS como actores centrales.
Esto no es algo repentino ni improvisado. Lleva años gestándose. La diferencia es que ahora los puntos ya pueden unirse y el dibujo empieza a ser reconocible.
Poder territorial: el origen del problema
Para entender el presente conviene retroceder en el tiempo. La historia de Estados Unidos está marcada por una expansión territorial agresiva, tanto frente a otras potencias como frente a las naciones indígenas. Grandes extensiones con nombres españoles —California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Texas, Colorado o Utah— fueron incorporadas por la fuerza tras guerras, presiones diplomáticas o procesos de secesión inducida. Lo mismo ocurrió con territorios de España (Florida), Francia (Luisiana) o con las propias naciones indígenas, mediante tratados sistemáticamente incumplidos.
España, agotada militar y económicamente, perdió en 1898 Cuba —que jurídicamente no era una colonia, sino parte de su territorio nacional— tras una guerra desigual con Estados Unidos. Cuba no obtuvo una soberanía plena, sino que pasó a convertirse en un protectorado de facto bajo tutela estadounidense.
Este patrón histórico ayuda a entender una mentalidad persistente: la del poder que considera legítimo apropiarse de lo que necesita, primero mediante la fuerza y, más tarde, mediante otros instrumentos.
Cuando las fronteras se mueven, no las personas
Existe una anécdota reveladora. En Estados Unidos, a menudo se pregunta a las personas de origen latino “qué hacen allí”, sin reparar en que muchas familias —como en el caso documentado de Eva Longoria— llevan más de doscientos años viviendo en el mismo lugar. No se movieron ellas: fueron las fronteras las que cambiaron.
Con el tiempo, la lógica del “Esto es mío” no desapareció. Simplemente se sofisticó.
Del poder militar al poder monetario
En el mundo contemporáneo ya no siempre es necesario invadir. Basta con sancionar, bloquear activos o congelar depósitos denominados en dólares. Aquí aparece el verdadero núcleo del problema.
Desde los acuerdos de Bretton Woods, el dólar se consolidó como moneda de reserva mundial y como unidad de cuenta del comercio internacional. Esto permitió a Estados Unidos disfrutar de un privilegio excepcional: financiar déficits continuos gracias a la demanda global de su moneda. Los dólares acumulados fuera del país no presionaban la inflación interna y, además, regresaban en forma de compra de deuda pública estadounidense.
Durante décadas, el sistema funcionó.
El precedente incómodo: De Gaulle y el oro
En los años sesenta, Francia empezó a cuestionar ese equilibrio. Charles de Gaulle solicitó convertir los dólares acumulados en oro, tal como establecía el sistema dólar-oro. Poco después, el patrón oro fue abandonado unilateralmente por Estados Unidos. El episodio dejó una lección clara: el sistema monetario internacional descansaba, en última instancia, en decisiones políticas, no en reglas neutrales.
Energía, sanciones y ruptura de confianza

Durante décadas, el petróleo mexicano y venezolano fue clave para el suministro energético norteamericano, tanto por su calidad como por la adaptación de las refinerías. El esquema era sencillo y altamente rentable: empresas estadounidenses gestionaban la extracción, el refinado y la distribución, y posteriormente vendían derivados a los propios países productores.
Ese equilibrio se rompe cuando entran en escena nuevos actores. China empieza a comprar petróleo sin imponer condiciones políticas, sin amenazas de sanciones, sin bloqueos financieros. Actúa más como socio que como poder disciplinador.
Paralelamente, Estados Unidos intensifica el uso del dólar como arma geopolítica: sanciones a Rusia, Venezuela, Irán o Irak; congelación de reservas; expulsiones del sistema SWIFT; amenazas comerciales y migratorias. Cada uno de estos episodios envía el mismo mensaje al resto del mundo: tus activos sólo son seguros mientras seas políticamente obediente.
El punto de inflexión: China y los bonos estadounidenses
China, convertida en la fábrica del mundo y cobrando en dólares, acumuló enormes reservas. Con ellas financió durante años el déficit estadounidense comprando bonos del Tesoro. El acuerdo implícito beneficiaba a ambos: Estados Unidos se financiaba barato; China colocaba su excedente con rentabilidad y estabilidad.
Pero esa concentración también generaba riesgo. Y, llegado un punto, China empieza a reducir su exposición. No se trata solo de vender bonos, sino de algo más ambicioso: promover alternativas al dólar en el comercio internacional.
BRICS, nuevas monedas y sistemas de pago
El debate ya no es marginal. Los países BRICS -junto a otros que podrían sumarse- exploran mecanismos de liquidación en monedas locales, sistemas de pago alternativos a SWIFT y, a medio plazo, la posibilidad de una unidad monetaria común o de referencia. No necesariamente una moneda única, sino un sistema híbrido: parcialmente respaldado por activos reales (energía, materias primas, oro) y parcialmente fiat, basado en una cesta de divisas.
El objetivo no es destruir el dólar de la noche a la mañana, sino reducir su monopolio y el riesgo de dependencia.
¿Colapso o transición? La respuesta es transición
Nada de esto exonera a gobiernos como el de Maduro, Rusia o Irak de sus responsabilidades internas. Pero ese no es el foco. El foco es que el uso sistemático del dólar como instrumento de coerción ha activado una reacción lógica: la búsqueda de alternativas.
Estados Unidos necesita energía, materias primas, tierras raras y financiación externa. El mundo, por su parte, empieza a cuestionar si quiere seguir dependiendo de una moneda que se ha convertido en un arma política.
No estamos ante el colapso inmediato del dólar. Estamos ante algo más profundo y más histórico: el inicio del fin de su monopolio. Y cada vez que un sistema monetario hegemónico ha entrado en esa fase, el mundo ha cambiado de forma irreversible.
