-La inflación no es un fallo, es el precio de vivir en un sistema basado en deuda-
Dedicado a Rubén Arranz, que siempre hace hincapié en esta causa como la principal fuente de la inflación.

En las economías modernas, más del 90 % del dinero en circulación no es emitido directamente por el Estado, sino creado por los bancos comerciales a través del mecanismo préstamo–depósito. Esto tiene una implicación fundamental que rara vez se discute con la profundidad necesaria puesto que el dinero nace como deuda, y esa deuda lleva asociado un interés.
Este hecho, por sí solo, no implica necesariamente inflación. Una economía puede convivir con deuda y con interés sin tensiones significativas si ambos permanecen acotados y el endeudamiento es transitorio. El problema aparece cuando el sistema monetario se apoya de forma estructural en la renovación continua del crédito, lo que introduce una dinámica de acumulación compuesta de obligaciones financieras. En ese contexto, la inflación deja de ser un fenómeno accidental y pasa a convertirse en un mecanismo de ajuste sistémico.
Conviene aclarar un punto importante desde el principio: no todo préstamo implica anatocismo. En muchos contratos, los intereses se pagan periódicamente y no se capitalizan. Desde el punto de vista microeconómico, esto puede parecer suficiente para neutralizar el problema. Sin embargo, esta visión resulta incompleta cuando se analiza el funcionamiento del sistema en su conjunto. Lo relevante no es si un préstamo concreto capitaliza intereses, sino la trayectoria del stock total de deuda y de los pagos de intereses asociados a él.
Incluso cuando los intereses se pagan puntualmente y no se capitalizan, el sistema económico en su conjunto suele requerir nuevo endeudamiento para sostener el nivel de actividad, refinanciar pasivos o evitar ajustes bruscos. Cada nueva ronda de crédito añade un nuevo flujo de intereses futuros. Así, aunque no exista anatocismo contractual, el resultado agregado es una estructura de costes financieros que crece de forma compuesta en el tiempo. El anatocismo explícito no crea este problema, simplemente lo acelera y lo hace más visible.
Desde el punto de vista de la empresa, el mecanismo es sencillo. Los costes financieros forman parte de su estructura de costes. Mientras estos crecen de forma estable, pueden ser absorbidos mediante mejoras de productividad, márgenes o crecimiento de ventas. Pero cuando los costes financieros aumentan de forma persistente más rápido que los ingresos —algo típico en entornos de endeudamiento prolongado— aparece un punto crítico: el ajuste interno deja de ser viable. A partir de ahí, subir precios deja de ser una decisión estratégica y se convierte en una necesidad contable.
Lo importante es que este fenómeno no depende de shocks externos, cuellos de botella ni excesos de demanda. Puede surgir de forma puramente endógena, como resultado de aplicar el interés —aunque no se capitalice explícitamente— a un sistema donde el dinero es deuda y el crédito debe renovarse de manera continua. El crecimiento real puede mitigar esta dinámica, pero difícilmente puede compensarla indefinidamente.
A escala macroeconómica, el razonamiento es idéntico. Si la deuda total y los pagos de intereses asociados crecen más rápido que el PIB nominal durante un periodo prolongado, el sistema necesita algún mecanismo de descarga. Las opciones son conocidas: quiebras masivas (deflación por deuda), cancelaciones explícitas (quitas, reestructuraciones) o inflación de precios, que reduce el valor real de las obligaciones acumuladas.
Desde esta perspectiva, la inflación no es necesariamente un fallo de la política monetaria ni un simple fenómeno monetario. Puede entenderse como una respuesta funcional del sistema económico ante una estructura de deuda que, de otro modo, sería insostenible. No es casualidad que los bancos centrales teman más la deflación que una inflación moderada. Sin crecimiento nominal, la carga financiera se vuelve inmanejable.
Esto no significa que toda inflación tenga origen financiero, ni que factores como la energía, la guerra o las disrupciones productivas no importen. Significa algo más preciso y más incómodo: en una economía basada estructuralmente en deuda, la estabilidad de precios es una anomalía temporal. Cuando el peso agregado del interés supera la capacidad real de absorción del sistema productivo, los precios acaban ajustándose.
La pregunta relevante, por tanto, no es por qué hay inflación, sino por qué -dado cómo funciona nuestro sistema monetario- no hay más y con mayor frecuencia.
A la luz de todo lo anterior, y atendiendo al tipo de deuda que genera dinámicas compuestas no controladas, la prioridad analítica es clara. Si hay que identificar un foco de riesgo sistémico, la deuda privada resulta estructuralmente más peligrosa que la deuda pública, por razones contables, dinámicas y sistémicas, no ideológicas.
Es sencillo, los costes financieros de la deuda privada forman parte directa de la estructura de precios. Cuando esos costes escalan de forma persistente, el traslado a precios es prácticamente inevitable, y cuanto más prolongado es el proceso de endeudamiento, más intenso resulta el ajuste.
En cualquier ejemplo sencillo, se aprecia rápidamente que, a partir de cierto punto, el margen de absorción desaparece. El problema no es la mala gestión ni un shock externo: es que los costes financieros crecen más rápido que la capacidad real de generación de renta.
