
Friedrich Hayek y Ludwig von Mises tuvieron vidas complejas. Pudiendo haber optado por la comodidad que les brindaba su estatus profesional y personal, prefirieron tensar la cuerda al máximo, convencidos de que, al romperse, solo quedaría lo que tiene valor real. Es una postura valiente, pero quizá sesgada. Ellos creían en ese purismo porque tenían la capacidad y la resiliencia para sobrevivir al caos. Sin embargo, la realidad es que muchos se quedan por el camino porque no tienen ese perfil brillante ni esos recursos.
Personalmente, sus planteamientos me recuerdan a una economía de otro tiempo que viví y que, por falta de alternativas, nos parecía aceptable. En mi casa me enseñaron a vivir con austeridad, y quizá por eso detecto en ellos una desconexión con la fragilidad de la mayoría. Su planteamiento es claro: eliminar el monopolio de los bancos centrales y dejar que la competencia entre múltiples emisores ajuste la economía del mundo.
El experimento de la libertad total
La obsesión de Hayek (especialmente en su obra de 1976, La desnacionalización del dinero) era que los ciudadanos eligieran su moneda por confianza. Si un emisor lo hacía mal e inflaba su moneda, los usuarios lo abandonarían. El mercado, como una mano mágica, lo corregiría todo.
Pero esta idea ignora que la competencia feroz no siempre es óptima. Ya lo vimos en el siglo XIX: la banca local ligada a industriales acabó desapareciendo en cuanto las cosas se torcieron, dejando paso a entidades gigantescas y, finalmente, al Banco de España como emisor único. Incluso en la Inglaterra de la Revolución Industrial, cuando entidades privadas acuñaron moneda para suplir la escasez de pagos pequeños, el experimento fracasó. El mercado no siempre encuentra un equilibrio amable; a veces simplemente devora al pequeño y, el pequeño -sin percatarse que el tiburón le ronda- aboga por la situación que más le conviene al escualo.
El espejismo de las Criptomonedas
Con la llegada de Bitcoin, los partidarios de Hayek han vuelto a la carga, señalando que este patrón cripto es lo que él preveía, es decir, miles de monedas compitiendo y solo unas pocas sobreviviendo. Pero, de nuevo, olvidan los costes de este modelo.
El patrón Bitcoin se parece sospechosamente al de las piedras Rai de la isla de Yap. En aquella isla, el sistema funcionaba hasta que llegó el capitán David O’Keefe con tecnología externa y rompió el equilibrio de escasez. Hoy, aunque nos digan que el patrón cripto puede sustituir al oro, la realidad es que esa partida ya está jugada y está en manos de muy pocos. Se puede jugar con los decimales del valor, sí, pero la concentración de poder sigue ahí.
El riesgo de la austeridad forzada
El mundo de 2025 no soportaría un modelo como el de Hayek. No podemos resignarnos a una economía pequeña y a una austeridad generalizada que implicaría, inevitablemente, la pérdida del Estado del bienestar.
Aunque existe un evidente lío de monedas y sería deseable una divisa global más equilibrada para las naciones, el camino no es volver a la selva competitiva del siglo XIX. El patrón oro no funcionó (siempre se acabó prohibiendo o confiscando el oro cuando las cosas se ponían feas) y el patrón cripto es, de momento, un complemento volátil.
La Escuela Austriaca propone una limpieza radical del mercado como solución a la crisis. Su receta es dejar caer a cualquier empresa que no sea rentable, sin rescates ni ayudas, permitiendo que solo sobrevivan los más fuertes. Es una especie de darwinismo económico, al eliminar a los competidores más débiles, los que quedan se quedan con todo el mercado y aumentan sus beneficios. El resultado es una recuperación sobre bases sólidas, pero el camino es un ajuste brutal que pagan los de siempre: pequeños negocios que quiebran y trabajadores que pierden su empleo en el proceso. ¿En qué lugar quedaría usted?
Tensar la cuerda puede que deje al final lo que tiene verdadero valor, pero el precio a pagar -la exclusión de todos los que no son tan brillantes como Hayek o Mises- es sencillamente demasiado alto. ¡Avisados estamos! No juguemos o veremos a otro Milei por aquí y el consiguiente desastre.
