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La deuda pública empleada para el rescate bancario, la que los críticos prefieren olvidar

El verdadero debate no es si la deuda es buena o mala en abstracto, sino para qué se utiliza

Esa reacción es totalmente lógica si aplicamos la economía doméstica a la de un país. En una familia, vivir por encima de los ingresos conduce al desastre. Pero un Estado no es una casa gigante ni una empresa familiar, las reglas de las finanzas públicas funcionan de otra manera.

Si le pides a alguien en la calle su opinión sobre la deuda pública, lo más probable es que arrugue la frente. Se asocia de inmediato con la ruina, los recortes, la crisis perpetua y una losa insoportable que dejamos a nuestros hijos. La palabra «endeudamiento» suena en el imaginario colectivo como una imprudencia imperdonable, el equivalente a gastar con la tarjeta de crédito lo que no se tiene hasta que el banco te corta el grifo.

Para empezar a entenderlo sin filtros, hay que quitarle el dramatismo al término. La deuda pública no es más que la consecuencia matemática de un déficit: cuando un gobierno gasta más de lo que recauda, emite títulos -bonos o letras- para cubrir la diferencia. Es una herramienta tan vieja como el capitalismo. El verdadero debate no es si la deuda es buena o mala en abstracto, sino para qué se utiliza, ahí deberían centrarse las críticas, si se merecen. Un préstamo para irse de vacaciones puede llegar a ser una ruina; un préstamo para comprar una furgoneta de reparto es una inversión. Con los Estados pasa -en este caso- lo mismo.

Cuando llega una gran crisis, la actividad privada se congela. Si el Estado se aprieta el cinturón para mantener cuentas equilibradas, acelera el hundimiento. Es lo que ocurrió durante la Gran Depresión en Estados Unidos: las políticas iniciales de austeridad agravaron el colapso hasta que el gobierno de Roosevelt apostó por inyectar dinero mediante obras públicas. Aquel endeudamiento masivo evitó el desmoronamiento total. Lo mismo aplica para las grandes apuestas de largo plazo, como el fondo europeo NextGenerationEU tras la pandemia, que permitió financiar la transición energética sin asfixiar el gasto social corriente.

Sin embargo, hay un curioso doble rasero en cómo se percibe este endeudamiento. Los mismos sectores que hoy ponen el grito en el cielo contra la deuda pública y aplauden los recortes suelen guardar un silencio sepulcral ante el mayor agujero de endeudamiento de nuestra historia reciente: el rescate a la banca por la crisis de 2008, aquí, algo más tarde. Cuando el sector financiero colapsó por su propia mala gestión, el Estado no tenía ahorros guardados y tuvo que emitir masivamente deuda soberana -además de pedir un rescate europeo a través del MEDE- para evitar un colapso sistémico. A través de instrumentos como el FROB y la creación del «banco malo» (Sareb), se inyectaron decenas de miles de millones de euros mediante emisiones de deuda que jamás se recuperaron, socializando las pérdidas privadas y sumando una factura que hoy seguimos pagando todos los contribuyentes. La deuda emitida para el rescate bancario fue de 72.000 millones de euros, en número redondos. Me dan ganas de preguntar si esa deuda también la pagarán nuestros nietos o los nietos de éstos. Y, no es yo crea que el rescate bancario no fue necesario.

Aquella inyección masiva de dinero público a las entidades financieras no provocó manifestaciones airadas de los autodenominados defensores de la austeridad ni campañas en las res sociales, evidenciando una notable amnesia selectiva.

La clave no es la cifra nominal de la deuda, sino quién la presta, en qué condiciones y, sobre todo, en qué se invierte. El peligro real no es que un Estado se endeude, sino que lo tenga que hacer para rescatar ineficiencias privadas o financiar gasto improductivo. Pero demonizar el endeudamiento en sí mismo -mirando hacia otro lado cuando el dinero sirve para salvar bancos y gritando cuando se destina a sostener lo público- es una trampa ideológica. Usada con cabeza y estrategia, la deuda es el instrumento que permite a una sociedad aguantar los golpes y construir futuro. ¡Ah, y si tienes la posibilidad de comprar bonos y/o letras, los intereses irán a tu bolsillo!

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