
Bajar la inflación, al igual que bajar de peso, es muy fácil. En el caso del peso corporal, basta con dejar de comer. Eso sí, luego tienes que aguantar las consecuencias físicas y mentales de un intento tan radical. Con la inflación ocurre algo parecido: la puedes bajar como ahora veremos, pero el efecto rebote suele llegar más pronto que tarde.
En Argentina, el asunto se complica todavía más por el bimonetarismo. Precisamente por eso, si uno sabe que el problema es complejo, conviene tocar las campanas del éxito con cierta prudencia.
Superávit fiscal y primario: ¿ingeniería contable o flujo de caja positivo?
Lo que ha hecho el gobierno de Milei no es algo completamente nuevo. Gobiernos de izquierda y derecha han utilizado estrategias similares en el siglo pasado y en este. La diferencia es que, cuando la situación toca el borde del default, suele aparecer algún salvavidas externo: esta vez ha sido Bessent.
En enero de 2024 se anunció un superávit fiscal en el primer mes de su gobierno. Para cualquiera que conozca la administración pública, los cambios capaces de producir ese resultado en un mes son más de ingeniería contable que de otra cosa. Se aclaró que se referían al superávit primario, es decir, ingresos y gastos corrientes sin incluir los intereses de deuda. Más tarde han quitado la especificación de primario y hablan directamente de superávit, aunque la contabilidad macroeconómica no les siga.
Un país con superávit primario puede destinar ese excedente al pago de intereses, pero no cubrirá toda la deuda ni elimina la necesidad de emisión monetaria. Es como un hogar que tiene ingresos mayores que gastos: podrás pagar la hipoteca, pero los vencimientos seguirán ahí.
Licuar pasivos y gasto: la inflación como estabilizador
Una pieza clave del ajuste ha sido licuar pasivos del Banco Central mediante inflación. Esto reduce el valor real de la deuda y disminuye la necesidad de emitir dinero para financiar al Tesoro.
También se ha reducido gasto público de manera directa, eliminando cargos y oficinas gubernamentales. La licuación del gasto consiste en mantener los gastos nominales estables mientras los precios suben, reduciendo el gasto real. Beneficiarios como pensionistas o funcionarios pierden poder adquisitivo, generando tensiones políticas y económicas. la inflación de 2025 ha sido de 31,5%.
Política cambiaria: crawling peg, atraso y flotación “milonga”
Se permitió que el tipo de cambio se deprecie a un ritmo controlado: primero el 2% mensual y, luego el 1%. El objetivo era corregir desequilibrios, reducir la brecha cambiaria y anclar expectativas. Probablemente se requerirá una devaluación más fuerte más adelante.
El gobierno también aplicó liberalización, desregulación y menor intervención de precios. Curiosamente, la intervención estatal sigue siendo intensa, especialmente en el mercado cambiario. Suele pasar: quienes más critican la intervención del Estado terminan interviniendo cuando gobiernan.
Mantener contenida la inflación tanto en pesos como en dólares ha sido difícil debido al atraso cambiario. La flotación del tipo de cambio ha sido más otra milonga, con ventas diarias de dólares para mantener la cotización dentro de las bandas.
La bicicleta financiera y la deuda externa
Se ha visto el fondo de la caja de dólares en dos ocasiones y se ha recurrido a financiación externa: primero FMI, luego EE. UU., por más de 40.000 millones en moneda extranjera. Al mismo tiempo, aumentó la deuda en pesos y en dólares. Así que, aunque se hablaba de dolarizar Argentina, al final se ha “pesificado” a EE. UU., de tal forma que faltan pesos en el mercado, pero su fobia a la emisión (ahora están emitiendo para comprar dólares para incrementar las reservas del BCRA que están en negativo).
La bicicleta financiera-tipo de cambio relativamente estable y 60% de interés en pesos- ha generado oportunidades para quienes pudieron aprovecharla. Si EE. UU. sigue aportando dólares, probablemente exigiría una devaluación que lleve el dólar a niveles más cercanos a su equilibrio.
PIB y recesión: milagros contables y efecto estadístico
Se han eliminado empleos públicos, los salarios pierden poder adquisitivo, el consumo se debilita y las pymes atraviesan dificultades. La economía informal sigue cerca del 50% y creciendo, debido a los que el sistema expulsa, con obra pública prácticamente ausente y saldo de inversión exterior negativo.
Sin embargo, el PIB muestra crecimiento (3,3% en 2025), aunque la recesión está declarada. ¿Milagro económico? No necesariamente, las ventas de bonos y los servicios financieros influyen en la medición, y los efectos estadísticos de base tras una recesión pueden generar tasas de crecimiento aparentes.
La factura de la dieta económica
Bajar la inflación puede parecer sencillo si se aplica una dieta extrema: se recorta, se licua y se ajusta el gasto. El problema es que, como en cualquier régimen radical, la economía termina pagando la factura. Y en Argentina, esa factura suele llegar en forma de recesión, devaluación o un nuevo ciclo inflacionario. No hay milagros, solo ingeniería contable, decisiones políticas y un poco de suerte -o de ayuda externa- para que el proceso dure más de lo estrictamente posible.
Bajar la inflación puede parecer sencillo si se aplica una dieta extrema: recortes, licuación y ajuste del gasto. Pero, como toda dieta radical, la economía termina pagando la factura. Recesión, devaluación o un nuevo ciclo inflacionario son los efectos inevitables en Argentina, donde la ingeniería contable y la ayuda externa han prolongado solo temporalmente la ilusión de éxito. La estanflación está servida, ¡carajo!
Pobre Argentina, después del kirchnerismo, el mileinismo la rematará.
