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La fobia a la deuda: un error de cálculo nacional.

Queremos mantener nuestra fobia a la deuda pública hasta tal extremo que ignoramos sus ventajas estratégicas. Un bono no es solo un papel «debo dinero»; es, ante todo, un activo financiero seguro que renta intereses anuales y que ofrece liquidez inmediata en un mercado global. Es esa realidad contraintuitiva que muchos olvidan: cuando el interés sube, el precio del bono baja, y viceversa. Entender esto es entender cómo respira el ahorro mundial.

Fijémonos en Japón: los nipones son los dueños de la inmensa mayoría de sus propios bonos. Han creado un círculo donde la riqueza nacional vuelve a los ciudadanos a través de los intereses. En la deuda pública, una parte se renueva constantemente mediante el refinanciamiento (alrededor del 30%) y otra se va cancelando. Hay países como el Reino Unido que han mantenido deuda viva de forma continua desde la fundación de su Banco Central en 1694; llevan más de 300 años refinanciando esa deuda porque un Estado, a diferencia de una persona, no tiene fecha de fallecimiento ni necesita saldar su cuenta a cero para ser próspero.

Por otra parte, el déficit del Estado no es una mancha de deuda impagable que cae en saco roto. Se gestiona con los beneficios de un Banco Central que no solo gana dinero con los intereses de los activos que compra, sino con el señoreaje: el beneficio neto que obtiene por el privilegio de emitir la moneda que todos usamos. El Estado tiene «bolsillos conectados»: gran parte de lo que paga de intereses a su Banco Central le vuelve al final del ejercicio como beneficio tras el balance anual. Además, cuando los intereses están bajos, el Tesoro aprovecha para emitir deuda barata y cancelar bonos antiguos de coste superior. Es pura gestión de liquidez.

En un mundo con un ahorro global masivo buscando refugio, el coste de la deuda soberana ha sido históricamente bajo. Si puedes pedir prestado al 2% para hacer una inversión que va a dar a la economía un rendimiento del 5%, ¡no hacerlo sería estúpido! Es como pedir una hipoteca barata para comprar un activo que sube de valor: un apalancamiento lógico y común en cualquier otra inversión productiva.

Respecto al mantra de que «La deuda la heredarán nuestros nietos»: ¿Qué prefieres dejarles? ¿Un país con tecnología punta, hospitales modernos y energía limpia, o un país con deuda cero pero con carreteras destrozadas, educación precaria y sin capacidad de reacción ante la próxima crisis? Nuestra exigencia no debe ser que no se emita deuda, sino en qué se gasta. En lugar de asustar a las futuras generaciones, pensemos en dejarles en herencia esos mismos bonos del Estado y sus intereses. El mercado de bonos es el motor financiero del mundo, pero nosotros preferimos repetir mantras neoliberales porque creemos que nos hacen sonar más modernos o econoposh.

El verdadero peligro no es la deuda pública controlada y bien invertida, sino la deflación y el exceso de deuda privada (familias y empresas). Una deflación de la deuda -donde los precios y los ingresos caen pero las deudas fijas se mantienen- haría que la deuda privada fuera impagable, creando un colapso sistémico como el de 2008. En esos momentos, la deuda pública es el único motor capaz de evitar una depresión y sostener inversiones que generen PIB real, no solo consumo efímero.

Cuando la deuda se aplica a crear crecimiento, no hay problema. Históricamente, tras grandes conflictos bélicos, la deuda no se redujo pagándola de golpe, sino porque la economía creció mucho más rápido que los intereses. Por eso el ratio Deuda/PIB es la única medida correcta. La cuestión es si tus ingresos crecen más que tu deuda.

El presupuesto de un Estado no es como el de un hogar o una empresa. Estoy convencido de que si redujésemos el gasto público de forma temeraria, bajaría el PIB, las empresas dejarían de facturar al Estado y entraríamos en una ruta de concursos de acreedores, EREs y cierres. Esa obsesión por el recorte es, precisamente, lo que tiene la capacidad de llevarnos a todos a la porra directamente.

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