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¿Es hora de jubilar el dogma del 2% de inflación? El precio de una obsesión (2 de 2)

En el mundo de la política económica, hay cifras que se aceptan con una fe casi religiosa. Así es en el caso del déficit máximo de un 3% del PIB, que es una cifra totalmente arbitraria, como ha reconocido su creador Guy Abeille y, otra es el objetivo de inflación del 2%. Nos han educado bajo la premisa de que cualquier décima por encima de ese número es un fracaso de la gestión monetaria. Pero, en el contexto global actual, cabe hacerse una pregunta incómoda: ¿es ese objetivo un indicador de salud o se ha convertido en una camisa de fuerza que nos empuja directamente hacia la parálisis?

El origen del 2% no tiene nada de científico. No es una constante física como la velocidad de la luz. Fue una cifra que el Banco Central de Nueva Zelanda soltó casi por azar a finales de los 80 y que el resto del mundo copió por inercia. Durante décadas de globalización extrema y energía barata, fue un puerto cómodo. Sin embargo, hoy operamos en un tablero distinto: desglobalización, tensiones geopolíticas, escasez de mano de obra y una transición energética que, por definición, es inflacionaria. Empeñarse en volver al 2% en este escenario es como intentar que un atleta rinda al máximo mientras se le reduce el oxígeno.

El gran peligro del ajuste ortodoxo actual es el llamado «último tramo». Bajar los precios de un 8,5% (2022) a un 4% es una cirugía necesaria para detener la hemorragia. Pero el esfuerzo requerido para pasar del 4% al 2% es una historia distinta. Para rascar esos últimos dos puntos, los bancos centrales se ven obligados a mantener los tipos de interés en niveles restrictivos durante demasiado tiempo. Es aquí donde el remedio empieza a ser más letal que la enfermedad: se frena la inversión, el crédito se evapora y el consumo se desploma. Al final, se logra el objetivo del 2%, pero a cambio de dejar la economía en un estado de muerte clínica o estancamiento crónico.

¿Qué pasaría si aceptáramos un objetivo del 3% o incluso del 4%? No se trata de abrazar el caos, sino de reconocer la realidad. Una inflación ligeramente superior ofrece un «colchón» de seguridad. Primero, permite que los bancos centrales tengan tipos de interés nominales algo más altos, lo que les da margen de maniobra para bajarlos cuando llegue la próxima recesión. Segundo, funciona como un lubricante para el mercado laboral; permite ajustes de salarios reales sin necesidad de despidos masivos, algo vital para la paz social.

El argumento de los «halcones» es la credibilidad. Dicen que si el árbitro cambia la meta hoy, el mercado esperará que la cambie de nuevo mañana. Es un miedo legítimo, pero mantener una meta obsoleta solo por orgullo institucional es un error estratégico. La credibilidad no se mantiene cumpliendo un número a costa de destruir el tejido productivo, sino demostrando que se tiene la flexibilidad necesaria para navegar un mundo que ya no es el de los años 90.

Una economía saludable necesita pulso, movimiento y un margen de error. Obsesionarse con el 2% en 2026 podría ser el camino más corto hacia esa «paz de los cementerios» de la que tanto huimos. Quizás la verdadera sensatez hoy no sea apretar más el torniquete, sino admitir que un 3,5% estable es mucho más sano que un 2% logrado a base de acabar con el crecimiento.

Hay que tener claro que el dinero no puede quedarse parado en el banco; hay que invertirlo o hacerlo rendir. Aunque no superemos la inflación, cualquier ganancia es mejor que nada. Sé que 20.000€ son un mundo según la familia y que muchos prefieren la seguridad de tenerlos a mano, pero el verdadero riesgo es esa sequía económica que termina amenazando el empleo si no subimos la tasa de inflación objetivo.

Este tema está encima de la mesa de gobiernos, bancos centrales y universidades, vamos hacia ese nivel de tasa de inflación.

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