
La dinámica reciente de Bitcoin (BTC) parece reforzar una hipótesis cada vez más extendida: su cotización está fuertemente condicionada por el ciclo global de liquidez en moneda fiat, especialmente en dólares estadounidenses. Lejos de comportarse como un activo estrictamente antagónico al dinero estatal, Bitcoin ha mostrado una sensibilidad elevada a las condiciones monetarias dictadas por la Reserva Federal.
Desde 2020, la expansión cuantitativa masiva (QE), los tipos de interés cercanos a cero y los estímulos fiscales sin precedentes generaron un entorno de abundancia de liquidez. Esa liquidez no se canalizó exclusivamente hacia la economía real, sino también hacia activos financieros y especulativos: acciones tecnológicas, SPACs (sociedad cotizada sin actividad comercial inicial que sale a bolsa únicamente para captar capital y, posteriormente, fusionarse con una empresa privada, permitiéndole cotizar sin un proceso tradicional de OPV), inmobiliario y, de forma destacada, criptoactivos.
En ese contexto, Bitcoin actuó como un activo de beta elevada (es decir, con gran sensibilidad a los movimientos del mercado de referencia) respecto al ciclo monetario, cuando el balance de la Reserva Federal se expandía y el coste del dinero era reducido, la propensión al riesgo aumentaba. El resultado fue una apreciación significativa de BTC alimentada tanto por inversores minoristas como institucionales.
El panorama cambió radicalmente cuando la Reserva Federal (y la mayoría de los bancos centrales importantes) inició un ciclo de endurecimiento monetario para combatir la inflación. Subidas agresivas de tipos, reducción del balance (quantitative tightening-QT) y drenaje de reservas del sistema financiero alteraron el equilibrio.
El aumento del tipo libre de riesgo (Treasuries a corto plazo que son letras del tesoro) elevó la tasa de descuento aplicada a activos sin flujos de caja intrínsecos (que no genera rendimientos periódicos derivados de su propia naturaleza económica). Bitcoin, que no genera rendimientos por sí mismo, compite indirectamente con instrumentos monetarios seguros. Cuando el dinero vuelve a “pagar”, la demanda especulativa se retrae.
Además, el encarecimiento del crédito y la menor creación neta de dinero bancario reducen el exceso de liquidez disponible para activos volátiles. Si no hay expansión del crédito ni crecimiento sostenido de agregados monetarios amplios (M2, por ejemplo), la presión compradora disminuye.
Un punto crucial es la narrativa. Bitcoin se ha presentado frecuentemente como “oro digital”, es decir, como cobertura frente a la inflación y la depreciación del dinero fiat. Sin embargo, la evidencia empírica reciente sugiere que su comportamiento ha sido más procíclico que defensivo.
Mientras el oro físico puede beneficiarse en entornos de incertidumbre y tipos reales negativos, Bitcoin ha mostrado correlación creciente con el Nasdaq Composite, un índice intensivo en tecnología y riesgo. Esto lo sitúa más cerca de un activo especulativo sensible a la liquidez que de una reserva de valor clásica.
Dado que Bitcoin se negocia globalmente en dólares y que el sistema financiero estadounidense sigue siendo el núcleo del sistema monetario internacional, las condiciones en EE.UU. tienen un efecto desproporcionado. Cuando la emisión neta de dinero base se estanca o se contrae, y la creación de crédito se ralentiza, el flujo marginal hacia activos alternativos tiende a reducirse.
No obstante, sería simplista afirmar que Bitcoin depende exclusivamente de la política monetaria estadounidense. Factores regulatorios, adopción institucional (el salto al mundo financiero tradicional), innovación tecnológica (como la red Lightning), y los shocks geopolíticos que también influyen.
En definitiva, la evidencia reciente apunta a que Bitcoin, al menos en esta fase de su desarrollo, se comporta como un activo altamente dependiente de la liquidez global en dólares. En fases de expansión monetaria, el exceso de dinero busca rentabilidad en activos de riesgo; en fases de restricción, la demanda especulativa se contrae. Por otro lado, el crecimiento de los ETF de Bitcoin influye de manera relevante en su comportamiento, tanto en precio como en dinámica de mercado. El impacto es estructural, no meramente anecdótico.
Tampoco hay que olvidar que los bancos comerciales puedan estar pensando en crear dinero basado en Bitcoin, aunque no puedan crearlos. Es posible que ya esté ocurriendo en las fases iniciales, puede que los bancos comerciales estén avanzando hacia la creación de dinero o instrumentos de crédito respaldados por Bitcoin, integrándolo en el sistema financiero tradicional como un activo colateral y de reserva. Alguna empresa «ballena» también puede tener esa tentación.
La cuestión estructural es si Bitcoin logrará desacoplarse de este patrón y consolidarse como activo monetario alternativo o si seguirá integrado en la lógica procíclica del sistema financiero fiat al que, paradójicamente, aspira a desafiar.
