
La deuda siempre genera debates, tanto en política como en empresas y en nuestras finanzas personales. Pero hay un principio muy sencillo que nos ayuda a entender cuándo la deuda es sostenible y cuándo puede convertirse en un problema: la diferencia entre el coste de financiar la deuda y el crecimiento de la economía.
Si un país se endeuda, paga intereses sobre esa deuda. Cuando esos intereses son mayores que el crecimiento del PIB, la deuda tiende a crecer automáticamente. Incluso si el gobierno no gasta más de lo que ingresa, el stock de la deuda aumenta porque los intereses consumen cualquier margen de crecimiento. Por el contrario, si la economía crece más rápido que los intereses que paga, la deuda como porcentaje del PIB puede estabilizarse o incluso disminuir, aunque haya déficit pequeño. Este simple cálculo, conocido en economía como r−g, explica por qué algunos países pueden financiar su deuda sin problemas mientras que otros siempre están luchando para no caer en una espiral de deuda creciente.
La experiencia reciente de España ilustra muy bien esta dinámica. Tras la crisis económica y la pandemia, el país alcanzó niveles de deuda pública sobre el PIB superiores al 115 %. Sin embargo, gracias a un crecimiento nominal del PIB relativamente alto y a unos tipos de interés manejables, la relación deuda/PIB ha ido descendiendo de forma gradual. Esto demuestra que incluso una deuda elevada puede ser sostenible si la economía crece lo suficiente para compensar el coste de los intereses.
Este principio se aplica también al ámbito privado. Imagina que una empresa pide un préstamo para invertir en un proyecto. Si los intereses que paga por ese préstamo superan la rentabilidad que genera la inversión, la deuda crece y se convierte en un lastre financiero. La única forma de compensarlo sería aumentar los precios de sus productos o servicios -y esperar que los clientes lo acepten-, o mejorar la eficiencia para generar más valor con los mismos recursos. En cambio, si la inversión genera un retorno mayor que el coste de la deuda, el préstamo deja de ser un problema y se convierte en una herramienta que impulsa el crecimiento y la expansión.
La enseñanza sobre el dinero y la deuda pública es clara: la deuda solo es sostenible si el coste de financiarla está por debajo del crecimiento que genera la economía. Cuando los intereses de la deuda pública superan el ritmo de crecimiento del PIB, la deuda aumenta automáticamente, incluso sin déficit adicional, y se convierte en una carga creciente para el país. En cambio, si la economía crece más rápido que los intereses, incluso un déficit moderado puede ser manejable, y la deuda puede estabilizarse o reducirse. Este mismo principio aplica a la deuda privada: lo que importa no es la cantidad de dinero prestado, sino si ese dinero produce más valor que lo que cuesta financiarlo.
En definitiva, la lección general: el endeudamiento no es bueno ni malo por sí mismo, depende de cómo se use. Tanto gobiernos como empresas y personas deben analizar cuidadosamente esta relación para evitar que la deuda se convierta en un problema estructural. El dinero prestado puede ser una palanca poderosa para crecer y generar valor, pero si se gestiona mal, puede convertirse en un lastre que limita el desarrollo económico y financiero.
Lo que hay que exigir es ese buen uso de la deuda pública y no quedarse en el zaguán de la verdad, quejándose de ella sin más.
