
Siempre he dicho que ser contrario a la intervención del Estado era una cuestión del momento, es decir, de si uno está en el poder o en la oposición, ya que cuando se está en la picota los que odiaban el intervencionismo del Estado no hacen otra cosa más que intervenir. Este concepto aparece con los mercantilistas allá por los siglos XVI hasta mediados del XVIII, cuando se trataba de acumular oro y plata y los llamados mercantilistas pedían al rey su intervención para que no se importaran bienes mediante altos aranceles hasta la autarquía (como ahora, ¿verdad?) y se facilitara la exportación de todo lo que se pudiera y así se acumulara más metales preciosos, para el beneficio de los mercantilistas y de las arcas del rey para sus guerras. Si se fijan, los mercantilistas parece que han vuelto. Bueno, pues Adam Smith y otros muchos, lucharon para acabar con ese intervencionismo y que hubiese más libertad económica, lo que procuraba que más personas se incorporaran al progresos y a la riqueza.
No fue ese el único momento de la historia en el que los liberales lucharon para cambiar la posición de dominio de una clase social frente al resto. Los liberales en el final de la época victoriana fue otro caso y quién fue el nuevo Adam Smith en ese momento, pues John Maynard Keynes. El liberalismo del final del siglo XIX y comienzos del XX era visto como un movimiento avanzado hacia la libertad y que pedía un cambio en el acceso a la prosperidad, pero eran liberales verdaderos, no eran mercantilistas ni victorianos disfrazados de liberales que sólo quieren mantener sus ventajas en la posición y, encima, son aclamados por una miríada de perjudicados de sus posiciones abusivas. ¡Es grandioso!
Jean Baptiste Say, además de economista, era un empresario textil (tenía una hilandería de algodón en Auchy-lès-Hesdin) y siendo un clarísimo partidario -uno de los padres- del Laissez faire, laissez passez, es decir, un partidario de que el Estado no interviniese para que el mercado desarrollara su dinámica sin barreras y en libertad, pagaba a sus trabajadores los lunes en lugar de los viernes. Como muchos se lo gastaban todo en las tabernas entre el sábado y el domingo, y el lunes no aparecían por la fábrica por la resaca o, simplemente, porque ya no les quedaba motivación financiera inmediata, les intervenía el salario decidiendo por ellos y perjudicando a las tabernas. Lo de siempre en la aplicación de la ley del embudo.
Say estaba contra el Estado, por eso fue empresario -como hemos comentado- y funcionario. Como empresario, fue parte de una élite industrial que se benefició del clima de estabilidad que el Estado debía garantizar. Say, aceptó cargos públicos bajo el Consulado de Napoleón, el hecho de participar en el engranaje estatal muestra que no era un anarquista de mercado, sino un pragmático. A diferencia de los liberales más extremos, Say creía que el Estado sí tenía un rol en la educación técnica y científica. Argumentaba que el conocimiento es un bien público que ayuda a la industria, por lo que el gobierno debía fomentarlo.
En definitiva, un listo que quería lo bueno del Estado y que éste se quitara de en medio cuando aparecía él y los suyos. Este es el espíritu de muchos neoliberales, libertarios anarco capitalistas. El problema es que todos los que están fastidiados en un mercado como el actual, optan por expresarse con la Administración y el funcionariado porque entienden que pagan muchos impuestos y se tienen que esforzar más que otros. No soy partidario del intervencionismo del Estado, pero de su presencia y acción coordinadora, defensora de los ciudadanos y catalizador de voluntades, desde luego. Del control de precios, de la hiper legislación y del gasto estúpido, sí estoy en contra. Bienvenido sea el déficit que tiene como objetivo un salto del PIB y de la mejora de la situación de los españoles, el empleo, la formación, las infraestructuras y la sanidad. Como dicen por aquí: «El dinero y los bemoles, para las ocasiones», sin que las ocasiones se presenten todos días.
